Friday, May 3, 2013

Cerca del cielo, lejos del infierno


Jueves 13 de marzo de 2008 | Publicado en edición impresa

Por Antonio E. De Turris

Para LA NACION

Al final, se vio que la pelota dobla y que lo de la altura era puro cuento. No se sabe si San Lorenzo podrá evitar quedar prematuramente fuera de la Copa Santander Libertadores, pero no hay dudas de que anteanoche los de Boedo hicieron historia, y de la grande: le mostraron al mundo que a casi cuatro mil metros de altura la pelota dobla y que no es totalmente cierto que jugar decorosamente al fútbol tan por encima del nivel del mar sea imposible. Y que, muy probablemente, la cabeza, la psiquis, tenga tanto que ver como los pulmones.

En los últimos 30 minutos del partido, justamente entonces, cuando se amontonaba todo el cansancio previo, que ya venía de días anteriores, los traumas, el difícil viaje previo de Sucre a Potosí y casi una hora de partido y con dos goles adentro, los jugadores de San Lorenzo transformaron la lucha en un partido entre solteros y casados. Pero con un agregado: los del equipo argentino parecían solteros de 20 años que habían vivido toda su vida en la altura; los de Real Potosí parecían casados de 50 que venían de comer un asado en Buenos Aires. Tal era la forma en que se movían unos y otros; tal fue la manera en que San Lorenzo arrasó físicamente a los locales. Tan vigorosos y enérgicos y llenos de aire parecían unos y tan lenta y grotescamente se movían otros que ni siquiera hizo falta que San Lorenzo pusiera de manifiesto de manera total la natural diferencia técnica que hay entre argentinos y bolivianos.

Se vio un San Lorenzo distinto ya desde el comienzo del segundo tiempo, y la mejoría se acentuó a partir de la expulsión de un rival. Se notaba que el equipo argentino ya no pensaba en la altura o, al menos, no sentía sus efectos de manera demoledora.

Es posible suponer que en esos 15 minutos de entretiempo Ramón o algún jugador tocó fibras íntimas del grupo. Y es difícil creer que lo haya hecho apelando a profundas teorías freudianas o lacanianas. Más bien, vale imaginarse un discurso más o menos así: muchachos, nos van a matar a todos y Marcelo (Tinelli, claro) nos va a echar a patadas. Y además somos argentinos y ellos son bolivianos (futbolísticamente, vale discriminar). Vamo al frente carajo "

Y pasó lo que pasó. Es cierto: Real Potosí es una lágrima, pero no muy distinto de otros equipos del altiplano. San Lorenzo le hizo un favor enorme al fútbol boliviano: ahora será más difícil que la FIFA o la Conmebol puedan quitarle sedes en la altura. Se puede terminar un partido corriendo más que los bolivianos. El resultado será lo de menos. Ahora toca a los próximos que vayan por allí ratificarlo. Es cierto, Orion habló de descomposturas y de lo mucho que sufrieron. Y habrá sido cierto. Tan cierto como que aquí también, en el llano, hay jugadores que piden a gritos pastillas de carbón en la previa de algún gran partido. Y todos lo saben.

Con pocas posibilidades en el campeonato local, no por los puntos que lo separan del primero sino por la cantidad de equipos que tiene por delante, San Lorenzo podría haber sido hoy el hazmerreír del mundillo futbolístico y del espectáculo. Los bajos de la Argentina se habían convertido en un infierno. Cuatro mil metros más arriba, se sintió como en el cielo. Como corresponde a un Santo.

El problema no son las agallas


Viernes 16 de mayo de 2008 | Publicado en edición impresa

Por Antonio E. De Turris

Para LA NACION

Ahumada cometió un pecado de juventud. El debería saber que la hinchada de River nunca fue tan efervescente como la de Boca; así como la de Independiente parece la flama de una vela frente a lo volcánica que suele ser la de Racing. Históricamente, las de Boca y Racing, y también la de San Lorenzo, fueron leales en el acompañamiento a sus respectivos equipos, más allá de que éstos anduviesen bien o mal. No así las de River e Independiente, clubes que, sin embargo, supieron de muchísimos momentos de gloria.

Los partidos se ganan y se pierden en el verde césped, diría Perogrullo. Y es así. Que lo digan, si no, los pobres brasileños que colmaron el Maracaná en la final del 50 ante Uruguay; o los argentinos que llenaron la cancha de Boca para ver cómo Perú dejaba a su seleccionado fuera del Mundial 70. Y hay cientos de ejemplos más.

Enrique Omar Sívori, que jugó en Juventus y en Napoli, alguna vez se refirió a la frialdad de la hinchada turinesa y a todo el calor que bajaba de las siempre repletas gradas napolitanas. Sin embargo, Juventus acumula hoy 27 títulos de Liga y Napoli, sólo dos. Sívori tal vez se quedó corto: por momentos, la hinchada de Juventus, esté su equipo ganando o perdiendo, es conmovedoramente fría y distante. Y el estadio, lleno, parece vacío. Ahumada debe saberlo por si alguna vez le toca ir a jugar allí.

Tal vez, los h... de los que se habla en el mundo del fútbol sean la claridad mental que tuvieron los nueve de San Lorenzo para descubrir que once contrarios no sabían qué hacer. Es cierto que de la tribuna de Boca baja mucho aliento y que la Bombonera es algo especial. Pero Boca ha escrito páginas memorables en el exterior y no lo ha hecho al estilo Ahumada, corriendo mucho y pensando poco.

Si algunos hinchas de River el domingo creyeron conveniente tildar a sus jugadores de gallinitas o muchachos flojos de intestino, no fue porque no hubieran corrido o puesto la pierna fuerte. Fue porque, empezando por su técnico, no tuvieron la sabiduría para manejar una situación favorable.

Contaban los mayores que la hinchada de Boca se hizo así, como es, porque la característica de sus jugadores, que no siempre eran exquisitos, necesitaba del griterío que los mandara para adelante y, de paso, aturdiera a sus rivales. Hace 40 años, la hinchada de Racing era igualmente fiel que la de hoy, pero menos ruidosa. Desgañitarse gritando era una estupidez. Bastaba con disfrutar de las gambetas de Corbata, del cerebro de Pizzutti, de la calidad de Sacchi, de los cabezazos del marqués Sosa y esperar que los goles cayeran como higos maduros. Hoy hay otros, y entonces hay que gritar mucho y poner h... Pero ya se ve que no alcanza.

Probablemente, lo que Ahumada quiso decir fue esto: "Señores, somos un poquito mediocres; tanto, que no sabíamos qué hacer con un partido en el que estábamos ganando y teníamos dos hombres más; ¿por qué miércoles no gritaron?" . Tal vez, como dijo Simeone destilando una pizca de rencor que no le sentó bien, en un mes y algo River esté festejando y los demás se encuentren con las manos vacías. Si así fuese, lo que pasó no se borrará. En el fútbol mandan la cabeza y los pies.

La otra Argentina, harta y angustiada


Viernes 30 de mayo de 2008 | Publicado en edición impresa

Por Antonio E. De Turris


Para LA NACION



Parte de la sociedad argentina, la inmensa mayoría, posiblemente sigue cada vez más absorta y angustiada la interminable disputa entre el Gobierno y el campo que, según admitieron los propios contendientes antes de que todo se enredara en acusaciones mutuas de todo tipo, es por plata.

Desde hace ochenta días, las partes en pugna mantienen discursos básicos que pueden resumirse así: las retenciones son necesarias para que quienes menos tienen tengan más, dice la Casa Rosada; el campo es el gran motor del crecimiento, dicen los ruralistas.

¿Creerá esa inmensa mayoría de la ciudadanía que realmente es así: que quienes hace casi tres meses la tienen sentada ante el ring están mirando más allá de sus propios intereses? Es difícil dar una respuesta contundente, pero hay sobre la mesa cartas muy claras que indican que la puja no es, justamente, entre estudiosos de la filosofía platónica.

Los millones de personas que pasan penurias en la mayoría de los hospitales públicos, que ven cómo se arrastran los viejos autos policiales, que deberían ser veloces, que se hacinan en los ferrocarriles y colectivos urbanos -cuando andan, claro-, que ven cómo sus hijos asisten a escuelas públicas deterioradas y que están en las manos de Dios si no pueden pagarse una seguridad privada, posiblemente descrean de que los K están sacando la cara por ellos cuando atacan a los ruralistas.

Pero esos mismos millones, que sin tener tierras o arrendarlas, soportan un dólar inflado que beneficia a los exportadores, y no sólo los del campo, también escuchan cómo gente del interior, obviamente no toda, se ufana, sanamente, de no haberse llevado afuera la plata que admite haber ganado en estos últimos años.

¿Son, por ello, oligarcas que no piensan en el bien común, sino en sus propios intereses, como los define el Gobierno? Indudablemente, no. Son personas que, como todas, aspiran a que su trabajo les rinda y les permita vivir cada vez mejor. Y es comprensible que no quieran ver que sus ganancias van cada vez en mayor medida a la caja de la Rosada. Eso es tan cierto como que la mayoría de los millones que están en el ring side no han progresado en los últimos años, entre otras cosas porque la base del plan económico kirchnerista -es decir, la devaluación de Duhalde que siguió al default de Rodríguez Saá y que tiene como ariete un dólar sostenido con anabólicos para que los exportadores, del campo y los otros, y el Gobierno puedan hacer más caja- ha generado más puestos de trabajo, pero no siempre les ha permitido acceder a un mejor calidad de vida.

No hace falta haberse doctorado en Harvard para saber que un dólar alto no es lo más cómodo para quienes viven de un sueldo. Los sacerdotes que recorren el conurbano han visto que quienes van a los comedores solidarios ya no son sólo desocupados, sino también trabajadores a quienes lo que ganan no les alcanza para dar de comer a sus familias. La inflación no perdona, y menos a ellos.

El Gobierno admite semejante situación cuando habla, por boca de la propia Presidenta, del programa económico que sostiene toda la sociedad y dice que gracias a ese plan ruralistas hoy prósperos pudieron, en su momento, evitar el remate de sus tierras. Es cierto, aunque también debe agregar en la lista de grandes beneficiarios de la devaluación y el dólar alto a buena parte del empresariado que hoy, por temor o por negocios, forma parte de su corte, que todo lo ve bien.

Los del campo dicen que los impuestos que pagan no se ven reflejados en obras que mejoren la infraestructura de los pueblos, que la plata de las retenciones vuela para la Plaza de Mayo y que vuelve con cuentagotas y cuando algún intendente o gobernador tiene la suerte de inaugurar algo, siempre gracias a la generosidad del gobierno central. ¿Quién puede dudar de que ello es así en gran medida? Nadie. Como tampoco de que fue en el interior donde Cristina hizo mejor pie en las elecciones, frescas aún. ¿Nadie sabía del estilo y las intenciones K? ¿Alguien pudo pensar que gobernadores antes complacientes y gustosos de mostrarse sonrientes en cada aparición de la Presidenta o su marido hoy estarían peleando por lo que les corresponde a sus provincias y pensando más en quienes los votaron que en si la Presidenta puede o no conciliar el sueño? Hay sorpresas, pero no demasiadas. Cada uno hará su examen de conciencia.

El monumental acto de Rosario demostró que el campo no está solo, y el de Salta, como se le escapó al propio Luis D Elía por TV, que hubo que "movilizar". Se moviliza a los clientes de siempre, que en su mayoría son grandes víctimas de todos los gobiernos.

Probablemente, los K esperan que las demostraciones del campo terminen diluyéndose, ya sea porque nadie de la oposición pueda adueñarse de semejante capital sin correr riesgos, o porque los referentes del campo se conviertan en Juan Carlos Blumberg si se lanzan a la arena electoral. Quizás esté usando la disputa para que la economía se enfríe, y con ella la inflación, y alguien pague los supuestos costos.

Tal vez los ruralistas crean que, si aguantan, los K se verán obligados a ceder al ver que la caja se achica y que sus encuestadores predilectos terminan como el Indec, inventándolo todo y desacreditados. Y tal vez el camino no tenga retorno.

Sin perjuicio de la simpatía que despierta la gente de campo ni de las fibras que puedan conmover los K cuando aseguran que hay golpistas acechándolos, hay millones de ciudadanos que siguen allí, en el ring side , pensando, tal vez, que también ellos son víctimas de retenciones (cargas impositivas de todo tipo) que no vuelven en obras, sino en dádivas. Y, sin entender mucho sobre retenciones, mercados a futuro y commodities , posiblemente se sientan parte de la otra Argentina, la que no estuvo ni en Salta ni en Rosario, que está harta y angustiada, y que no espera nada bueno del combate, quien quiera que sea quede en la lona.