Viernes 30 de mayo de 2008 | Publicado en
edición impresa
Por Antonio
E. De Turris
Para LA
NACION
Parte de la sociedad argentina, la inmensa
mayoría, posiblemente sigue cada vez más absorta y angustiada la interminable
disputa entre el Gobierno y el campo que, según admitieron los propios
contendientes antes de que todo se enredara en acusaciones mutuas de todo tipo,
es por plata.
Desde hace ochenta días, las partes en pugna
mantienen discursos básicos que pueden resumirse así: las retenciones son
necesarias para que quienes menos tienen tengan más, dice la Casa Rosada; el
campo es el gran motor del crecimiento, dicen los ruralistas.
¿Creerá esa inmensa mayoría de la ciudadanía
que realmente es así: que quienes hace casi tres meses la tienen sentada ante
el ring están mirando más allá de sus propios intereses? Es difícil dar una
respuesta contundente, pero hay sobre la mesa cartas muy claras que indican que
la puja no es, justamente, entre estudiosos de la filosofía platónica.
Los millones de personas que pasan penurias en
la mayoría de los hospitales públicos, que ven cómo se arrastran los viejos
autos policiales, que deberían ser veloces, que se hacinan en los ferrocarriles
y colectivos urbanos -cuando andan, claro-, que ven cómo sus hijos asisten a
escuelas públicas deterioradas y que están en las manos de Dios si no pueden
pagarse una seguridad privada, posiblemente descrean de que los K están sacando
la cara por ellos cuando atacan a los ruralistas.
Pero esos mismos millones, que sin tener
tierras o arrendarlas, soportan un dólar inflado que beneficia a los
exportadores, y no sólo los del campo, también escuchan cómo gente del
interior, obviamente no toda, se ufana, sanamente, de no haberse llevado afuera
la plata que admite haber ganado en estos últimos años.
¿Son, por ello, oligarcas que no piensan en el
bien común, sino en sus propios intereses, como los define el Gobierno?
Indudablemente, no. Son personas que, como todas, aspiran a que su trabajo les
rinda y les permita vivir cada vez mejor. Y es comprensible que no quieran ver
que sus ganancias van cada vez en mayor medida a la caja de la Rosada. Eso es
tan cierto como que la mayoría de los millones que están en el ring side no han
progresado en los últimos años, entre otras cosas porque la base del plan
económico kirchnerista -es decir, la devaluación de Duhalde que siguió al
default de Rodríguez Saá y que tiene como ariete un dólar sostenido con
anabólicos para que los exportadores, del campo y los otros, y el Gobierno
puedan hacer más caja- ha generado más puestos de trabajo, pero no siempre les
ha permitido acceder a un mejor calidad de vida.
No hace falta haberse doctorado en Harvard para
saber que un dólar alto no es lo más cómodo para quienes viven de un sueldo.
Los sacerdotes que recorren el conurbano han visto que quienes van a los
comedores solidarios ya no son sólo desocupados, sino también trabajadores a
quienes lo que ganan no les alcanza para dar de comer a sus familias. La
inflación no perdona, y menos a ellos.
El Gobierno admite semejante situación cuando
habla, por boca de la propia Presidenta, del programa económico que sostiene
toda la sociedad y dice que gracias a ese plan ruralistas hoy prósperos
pudieron, en su momento, evitar el remate de sus tierras. Es cierto, aunque
también debe agregar en la lista de grandes beneficiarios de la devaluación y
el dólar alto a buena parte del empresariado que hoy, por temor o por negocios,
forma parte de su corte, que todo lo ve bien.
Los del campo dicen que los impuestos que pagan
no se ven reflejados en obras que mejoren la infraestructura de los pueblos,
que la plata de las retenciones vuela para la Plaza de Mayo y que vuelve con
cuentagotas y cuando algún intendente o gobernador tiene la suerte de inaugurar
algo, siempre gracias a la generosidad del gobierno central. ¿Quién puede dudar
de que ello es así en gran medida? Nadie. Como tampoco de que fue en el
interior donde Cristina hizo mejor pie en las elecciones, frescas aún. ¿Nadie
sabía del estilo y las intenciones K? ¿Alguien pudo pensar que gobernadores
antes complacientes y gustosos de mostrarse sonrientes en cada aparición de la
Presidenta o su marido hoy estarían peleando por lo que les corresponde a sus
provincias y pensando más en quienes los votaron que en si la Presidenta puede
o no conciliar el sueño? Hay sorpresas, pero no demasiadas. Cada uno hará su
examen de conciencia.
El monumental acto de Rosario demostró que el
campo no está solo, y el de Salta, como se le escapó al propio Luis D Elía por
TV, que hubo que "movilizar". Se moviliza a los clientes de siempre,
que en su mayoría son grandes víctimas de todos los gobiernos.
Probablemente, los K esperan que las
demostraciones del campo terminen diluyéndose, ya sea porque nadie de la
oposición pueda adueñarse de semejante capital sin correr riesgos, o porque los
referentes del campo se conviertan en Juan Carlos Blumberg si se lanzan a la
arena electoral. Quizás esté usando la disputa para que la economía se enfríe,
y con ella la inflación, y alguien pague los supuestos costos.
Tal vez los ruralistas crean que, si aguantan,
los K se verán obligados a ceder al ver que la caja se achica y que sus
encuestadores predilectos terminan como el Indec, inventándolo todo y
desacreditados. Y tal vez el camino no tenga retorno.
Sin perjuicio de la simpatía que despierta la
gente de campo ni de las fibras que puedan conmover los K cuando aseguran que
hay golpistas acechándolos, hay millones de ciudadanos que siguen allí, en el
ring side , pensando, tal vez, que también ellos son víctimas de retenciones
(cargas impositivas de todo tipo) que no vuelven en obras, sino en dádivas. Y,
sin entender mucho sobre retenciones, mercados a futuro y commodities ,
posiblemente se sientan parte de la otra Argentina, la que no estuvo ni en
Salta ni en Rosario, que está harta y angustiada, y que no espera nada bueno
del combate, quien quiera que sea quede en la lona.
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