Lunes 12 de abril de 2010 | 21:01
Por Antonio E. De Turris
Especial para canchallena.com
Qué suerte que Palermo existe, que todavía
juega y que está allí, como uno más con quien se puede hablar y a quien se
puede observar. Qué suerte, porque Palermo es una leyenda y no siempre las
leyendas están al alcance de la mano.
Es cierto que hay grandísimos jugadores en
actividad que empiezan a ser leyenda -Messi el primero, por cierto - pero ante
el gol todo se rinde, porque el gol es la finalidad de todo en el fútbol. Y en
materia de goles, Palermo ha traspasado todas las barreras.
Quienes ya peinan varias canas y se criaron en
casas de familias futboleras, crecieron y se hicieron adultos escuchando a sus
mayores hablar de futbolistas cuyas proezas se agigantaban sin límites en las
mentes de quienes sólo podían limitarse a eso, a escuchar, porque no habían
visto aquello de lo cual se les hablaba.
Cómo no recordar el orgullo con que los de
Independiente se ufanaban de que el paraguayo Arsenio Erico hubiese hecho lo
mejor de su campaña con la camiseta roja y dijeran una y otra vez que nunca
nadie en una cancha de fútbol había vuelto a saltar como él y a clavar
cabezazos en todos los arcos. Y así lo reflejaban las fotos, casi siempre en
pleno salto, medio cuerpo por encima de sus adversarios. Erico, 293 goles, el
máximo goleador del fútbol argentino.
Y los de River se llenaban la boca - y no hay
juego de palabras - hablando de cómo sacaba la joroba el feo Labruna cada vez
que entraba al área para someter a los arqueros rivales. Nunca se sabrá bien
porqué, pero Labruna se quedó en la puerta del récord de Erico con 292 goles.
Aunque con el tiempo, le reconocieron un tanto "dudoso" y la historia
lo ubicó a la par del artillero guaraní.
Ya entonces, albores del profesionalismo que
arrancó en con la década del 30, el marketing y las camisetas hacían lo suyo.
Por eso se escuchaba hablar más de "Cabecita de oro", Roberto Cherro,
el hombre al que Palermo acaba de destronar, y de Pancho Varallo que de
Herminio Masantonio, crack de Huracán, 255 goles,
Aunque hizo muchos menos goles, 206, Bernabé
Ferreyra también era motivo de conversación y pasó a ser leyenda por su potente
remate. Debía patear fuerte en serio "El mortero de Rufino", que
River le compró a Tigre, para hacer muchos goles de larga distancia con un
cuero que pesaba veinte veces más que el globo que se usa hoy como pelota en el
fútbol profesional.
Los de Huracán, ya se dijo, también tenían lo
suyo: Herminio Masantonio, 255 goles, hechos, según ellos, con una calidad que
no tenían ni Erico, ni Labruna y mucho menos Ferreyra. Los viejos de
Estudiantes todavía hoy hablan de las proezas de Manuel Pellegrina, 231 goles,
y de Ricardo Infante, jugador exquisito que marcó 217 veces.
No eran, por cierto, épocas de videos, por lo
cual había, hay, que conformarse con fotos y hacer volar la imaginación.
Por cierto, promediando el siglo pasado no se
hablaba de algunos monstruos del gol que estaban por llegar y que hoy andan
entre nosotros, pero que parecen un poco olvidados en su condición de grandes
goleadores quizás porque en este caso sí hay videos y la imaginación y las
historias se achican; o tal vez porque quedaron en el medio de aquellas
leyendas y de Palermo, el presente: José Francisco Sanfilippo, 227, ídolo de
San Lorenzo, aunque también pasó por Boca; Oscar Mas, de River, 215, y el velezano
Carlos Bianchi 206, más 179 en Francia. Impresionante.
Sanfilippo es recordado como un petiso pícaro y
pendenciero, mezcla de oportunismo y calidad; de Pinino Mas quedan películas
que lo muestran en sus carreras explosivas, en sus remates espectaculares, en
sus agallas para volver sobre defensores que le pegaban sin piedad, como se
pegaba en el fútbol argentino de los sesenta (quien lo haya visto filtrándose
pasar entre Ferreiro y Navarro, dos bastiones de un Independiente multicampeón,
saben de qué se habla); y qué decir del oportunismo de Bianchi, símbolo de
Vélez, enorme goleador devorado por un técnico recontraexitoso.
Y hoy, Palermo, de quien la perfección de los
videos actuales no permitirá fantasía alguna: lo mostrarán siempre como lo que
es, un grandote de movimientos torpísimos que muchas veces patea con el tobillo
y cabecea con el hombro o con la espalda, capaz de festejar de manera grotesca
y hasta de lesionarse en uno de esos momentos; una máquina de errar penales y
varias cosas más. Lo que no podrán explicar los videos es la razón de su eterno
feeling con el gol, su insólita capacidad para lograr que la pelota siempre
entre, no importa dónde y cómo haya sido impactada; su fortaleza para
sobreponerse a lesiones graves y dramas personales.
Es seguro de que muchos que lo han sufrido y
maldecido, paradójicamente lo admirarán. No puede sentir otra cosa quien ame el
fútbol por encima de una divisa. Cómo no admirar a quien hizo semejante
cantidad de goles.
Ahora Palermo ya batió el récord que tanto
perseguía y está al tope de los goleadores de un club de la magnitud de Boca. Y
qué importa si el gol tan esperado llegó en uno de los peores momentos de Boca
en los últimos años. En medio de conflictos y de rumores de todo tipo.
Es curioso, o no tanto tratándose de la
Argentina y del fútbol argentino. A punto de pasar a ser un bronce viviente,
Palermo tuvo que escuchar cómo se ponía en duda su continuidad en el club.
Si en lugar de haber hecho su carrera donde la
hizo Palermo hubiese sido de alguno de los grandes clubes de España o Italia,
hoy sería un Di Stefano, un Maldini o cosa parecida: simplemente un presidente
honorario y dueño de jugar hasta cuando él quisiera.
El hincha de Boca, el hincha de fútbol, no
perdonará la mezquindad de los dirigentes.
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