Tuesday, April 30, 2013

La Presidenta y un país tomado


Jueves 16 de septiembre de 2010 | Publicado en edición impresa

Antonio E. De Turris

Para LA NACION

En cualquier otra sociedad que se rija por valores y normas distintos de los que hay en la Argentina, esta nota podría ser vista como apología del delito por incitación a la violencia. En la Argentina de hoy, no.

"Los chicos piden un plan de obra, lo que no me parece mucho. Será cuestión de que los chicos terminen enseñándonos". Así se expresó la Presidenta, durante un acto en el Correo Argentino, al referirse a la toma de escuelas por parte de alumnos del secundario, un conflicto que adquirió singular dureza y que mantiene a centenares de jóvenes al margen de lo que se entiende es prioritario para ellos: estudiar, educarse.

Se equivocaron quienes esperaban que la Presidenta invitara a los alumnos a volver a clase sin por ello cesar en sus reclamos de mejoras edilicias.

Los mal pensados que nunca faltan suponen que la Presidenta se expresó de esa forma y mostró un tono tan condescendiente con las tomas porque el problema lo tiene Macri, a quien desde el kirchnerismo siguen viendo como un potencial rival de envergadura para 2011.

Seguramente no ha sido así. No hay derecho a pensar que ante un hecho de semejante gravedad, la Presidenta justifique las tomas y de algún modo invite a mantenerlas por el simple hecho de que la granada a punto de explotar esté en manos de un adversario político. Todo tiene un límite, aun en política.

Puede suponerse que la Presidenta ha dicho lo que dijo pensando que los alumnos porteños merecen estudiar en salas calefaccionadas en invierno y refrigeradas en verano, en las que puedan enchufar una computadora sin el riesgo de recibir una descarga mortal, y a las que puedan asistir sin gorros porque no habrá mamposterías ni lluvias que caigan sobre sus cabezas. Aulas a cuyo frente estén maestros y profesores que puedan enseñar y educarse a tiempo completo y no tengan que ir a hacer cualquier tipo de changas para poder sobrevivir con un mínimo de dignidad.

Si así fue, la Presidenta -y no sólo ella sino también algunos de sus ministros- tal vez piense que, conmovido por las tomas o preocupado por su imagen pública, el gobierno porteño ejecutará el presupuesto como debe hacerlo, no desviará partidas, dejará de pensar en las bicisendas y en las playas sin agua y, por fin, se abocará de lleno a poner las escuelas en impecables condiciones de infraestructura y a que maestros y profesores sean lo que en otros países: señores respetables y respetados, formadores a tiempo completo de las nuevas generaciones.

El gobierno macrista concretaría, entonces, lo que ni las administraciones de Telerman, Ibarra, Olivera y De la Rúa pudieron hacer en los últimos quince años, a juzgar por el estado en que hoy están muchos de los edificios que albergan colegios.

Si el comentario de la Presidenta no fuera interpretado como un desliz propio de quien gusta de hablar y hablar sobre todo sino como algo dicho sesudamente, su voz no pasaría inadvertida y miles de argentinos se verían tentados a pensar y a actuar como los estudiantes porteños. Y se sentirían con derecho después de escuchar a la primera magistrada.

Es imposible saber si la Presidenta está arrepentida de lo que dijo o, por el contrario, convencida de que las tomas son la vía correcta para conmover a gobiernos insensibles.

Si así fuera, bien desubicados quedarán esos mal pensados de siempre cuando vean que la Presidenta mantendrá la misma postura que tiene ahora frente a la toma de escuelas porteñas cuando los universitarios de las universidades nacionales que se caen a pedazos tomen los edificios; cuando los enfermos, enfermeras y médicos de hospitales públicos de todo el país -sean de territorios políticamente amigos o enemigos- en los que falta hasta algodón y alcohol y que también se caen a pedazos tomen los edificios; cuando los policías que trabajan en comisarías que también se caen a pedazos, tomen los edificios; cuando los sufridos viajantes del Roca y del Sarmiento y de muchos otros ferrocarriles del país que están mugrientos y destartalados tomen los vagones; cuando los pasajeros de la aerolínea estatal, que muchas veces no saben si su vuelo saldrá o no pese a lo que le cuesta al bolsillo de cada argentino, tomen la empresa; cuando los empleados en negro que tiene el propio Estado tomen los municipios, las gobernaciones y los mismísimos ministerios de la Nación.

Tal vez, estas protestas, de producirse, podrían parecerles al Gobierno menos simpáticas que las que protagonizan chicos que hasta dicen que aflojarán sólo cuando Macri renuncie; pero no por ello deberían ser, a los ojos de ese mismo gobierno, menos legítimas: en definitiva, todos tienen derecho a que el Estado, sea nacional, provincial o municipal, los atienda como corresponde a un país casi de maravillas, como el que se pinta desde Olivos.

Quizá sin quererlo pero tal vez con la mejor de las intenciones, la Presidenta haya puesto en marcha una idea que consiste en dar la lucha por un país mejor al estilo de los estudiantes porteños.

Y sólo los acérrimos enemigos del modelo, que todo lo ven mal, deben estar pensando que si la Argentina se convierte en un territorio tomado sobrevendría un caos de magnitud incalculable. Si no cometió un desliz, la Presidenta debe de estar convencida de lo contrario.

© LA NACION

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