Jueves 16
de septiembre de 2010 | Publicado en edición impresa
Antonio E. De Turris
Para LA NACION
En
cualquier otra sociedad que se rija por valores y normas distintos de los que
hay en la Argentina, esta nota podría ser vista como apología del delito por
incitación a la violencia. En la Argentina de hoy, no.
"Los
chicos piden un plan de obra, lo que no me parece mucho. Será cuestión de que
los chicos terminen enseñándonos". Así se expresó la Presidenta, durante
un acto en el Correo Argentino, al referirse a la toma de escuelas por parte de
alumnos del secundario, un conflicto que adquirió singular dureza y que
mantiene a centenares de jóvenes al margen de lo que se entiende es prioritario
para ellos: estudiar, educarse.
Se
equivocaron quienes esperaban que la Presidenta invitara a los alumnos a volver
a clase sin por ello cesar en sus reclamos de mejoras edilicias.
Los mal
pensados que nunca faltan suponen que la Presidenta se expresó de esa forma y
mostró un tono tan condescendiente con las tomas porque el problema lo tiene
Macri, a quien desde el kirchnerismo siguen viendo como un potencial rival de
envergadura para 2011.
Seguramente
no ha sido así. No hay derecho a pensar que ante un hecho de semejante
gravedad, la Presidenta justifique las tomas y de algún modo invite a
mantenerlas por el simple hecho de que la granada a punto de explotar esté en
manos de un adversario político. Todo tiene un límite, aun en política.
Puede
suponerse que la Presidenta ha dicho lo que dijo pensando que los alumnos
porteños merecen estudiar en salas calefaccionadas en invierno y refrigeradas
en verano, en las que puedan enchufar una computadora sin el riesgo de recibir
una descarga mortal, y a las que puedan asistir sin gorros porque no habrá
mamposterías ni lluvias que caigan sobre sus cabezas. Aulas a cuyo frente estén
maestros y profesores que puedan enseñar y educarse a tiempo completo y no
tengan que ir a hacer cualquier tipo de changas para poder sobrevivir con un
mínimo de dignidad.
Si así fue,
la Presidenta -y no sólo ella sino también algunos de sus ministros- tal vez
piense que, conmovido por las tomas o preocupado por su imagen pública, el
gobierno porteño ejecutará el presupuesto como debe hacerlo, no desviará
partidas, dejará de pensar en las bicisendas y en las playas sin agua y, por
fin, se abocará de lleno a poner las escuelas en impecables condiciones de
infraestructura y a que maestros y profesores sean lo que en otros países:
señores respetables y respetados, formadores a tiempo completo de las nuevas
generaciones.
El gobierno
macrista concretaría, entonces, lo que ni las administraciones de Telerman,
Ibarra, Olivera y De la Rúa pudieron hacer en los últimos quince años, a juzgar
por el estado en que hoy están muchos de los edificios que albergan colegios.
Si el
comentario de la Presidenta no fuera interpretado como un desliz propio de
quien gusta de hablar y hablar sobre todo sino como algo dicho sesudamente, su
voz no pasaría inadvertida y miles de argentinos se verían tentados a pensar y
a actuar como los estudiantes porteños. Y se sentirían con derecho después de
escuchar a la primera magistrada.
Es
imposible saber si la Presidenta está arrepentida de lo que dijo o, por el
contrario, convencida de que las tomas son la vía correcta para conmover a
gobiernos insensibles.
Si así
fuera, bien desubicados quedarán esos mal pensados de siempre cuando vean que
la Presidenta mantendrá la misma postura que tiene ahora frente a la toma de
escuelas porteñas cuando los universitarios de las universidades nacionales que
se caen a pedazos tomen los edificios; cuando los enfermos, enfermeras y
médicos de hospitales públicos de todo el país -sean de territorios
políticamente amigos o enemigos- en los que falta hasta algodón y alcohol y que
también se caen a pedazos tomen los edificios; cuando los policías que trabajan
en comisarías que también se caen a pedazos, tomen los edificios; cuando los
sufridos viajantes del Roca y del Sarmiento y de muchos otros ferrocarriles del
país que están mugrientos y destartalados tomen los vagones; cuando los
pasajeros de la aerolínea estatal, que muchas veces no saben si su vuelo saldrá
o no pese a lo que le cuesta al bolsillo de cada argentino, tomen la empresa;
cuando los empleados en negro que tiene el propio Estado tomen los municipios,
las gobernaciones y los mismísimos ministerios de la Nación.
Tal vez,
estas protestas, de producirse, podrían parecerles al Gobierno menos simpáticas
que las que protagonizan chicos que hasta dicen que aflojarán sólo cuando Macri
renuncie; pero no por ello deberían ser, a los ojos de ese mismo gobierno,
menos legítimas: en definitiva, todos tienen derecho a que el Estado, sea
nacional, provincial o municipal, los atienda como corresponde a un país casi
de maravillas, como el que se pinta desde Olivos.
Quizá sin
quererlo pero tal vez con la mejor de las intenciones, la Presidenta haya
puesto en marcha una idea que consiste en dar la lucha por un país mejor al
estilo de los estudiantes porteños.
Y sólo los
acérrimos enemigos del modelo, que todo lo ven mal, deben estar pensando que si
la Argentina se convierte en un territorio tomado sobrevendría un caos de
magnitud incalculable. Si no cometió un desliz, la Presidenta debe de estar
convencida de lo contrario.
© LA NACION
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