Miércoles
25 de agosto de 2010 | Publicado en edición impresa
Antonio E.
De Turris
Para LA
NACION
La tragedia
de Carolina Piparo sigue dando que hablar.
En algún
momento, según parece, los bancos tendrán su interior parcelado, de manera tal
que nadie pueda saber si la persona que estuvo con el cajero dejó plata o
cheques o retiró mil pesos o cien mil dólares. No está mal, todo lo contrario,
pero la idea hace acordar a cuando la gente, desde la más pobre hasta la más
rica, decidió enrejar sus hogares. Primero por fuera; luego, por dentro,
"para que no me lleguen hasta el dormitorio si entran en casa". Hoy,
hasta quienes viven en countries y barrios privados están empezando a
autoencarcelarse.
Lo de los
bancos también hace recordar las barandas que algunos municipios decidieron,
con acierto, poner sobre los descansos o bulevares que dividen las avenidas
para evitar que motoqueros que circulan por allí como si nada sigan
atropellando gente; y a las tribunas vacías en los estadios de fútbol para que
los barras no se enfrenten.
Es como si
la sociedad buscara la manera de retroceder frente al delito en lugar de
enfrentarlo. Ello no ha servido y no parece que vaya a servir. El problema está
afuera, no adentro. Los que roban y matan no siempre proceden porque la víctima
lleva mucho dinero; muchas veces lo hacen por un par de zapatillas o porque un
gesto del asaltado no les gustó; las rejas no sirven cuando el delincuente aprovecha
un descuido de su víctima para meterse en su casa; los barras, si no pueden
pelearse en el estadio, lo hacen en la calle o en la estación más cercana y
entonces cualquiera que está pasando por el lugar termina muerto o con la
cabeza partida; muchos motoqueros siguen delinquiendo al circular sin patente
-no quisieron la pechera identificatoria porque, dijeron, ello constituiría una
discriminación- y atropellando gente y vehículos en sus locos raides en
permanente zigzag. Por momentos, el escenario cotidiano es caótico.
El Gobierno
ha hablado más de una vez de sensación de inseguridad. Lo que existe es la
sensación de que impera la ley del más fuerte o la ley de la nada. No hacen
falta estadísticas para saber que las calles están llenas de delincuentes.
Desde los pesados que matan por una zapatilla hasta los supuestamente livianos
-barras, motoqueros, arrebatadores de carteras en el borde de un andén- que
muchas veces también terminan con la vida de un inocente.
Es curioso.
Aunque la inseguridad figura al tope de las preocupaciones de los argentinos
según la mayoría de las encuestas, salvo algunas excepciones la dirigencia
política -el Gobierno y la oposición- sigue envuelta en otro tipo de debates,
por cierto importantísimos, pero que no tienen directamente que ver con la
coyuntura que ha convertido a la Argentina en un país casi indefenso frente a
la delincuencia.
Los cruces
entre el Gobierno y los jueces por las excarcelaciones, las críticas de la
oposición y el discurso del oficialismo para decir que el delito está en retirada
fueron demasiado poco para lo que ocurre.
Parte de la
dirigencia, de los historiadores, del periodismo y de la sociedad puede seguir
discutiendo sobre si la culpa de todos nuestros males la tuvieron las campañas
de Roca, la conformación de la Primera Junta, Perón, los golpes militares, el
menemismo o la Alianza. Y procurando justificarse por haberse abrazado a Menem
o haber sido condescendientes con Videla. Y dirimiendo quiénes son los
verdaderos campeones de los derechos humanos y del garantismo. Y recordando que
cuando no haya excluidos ni gente desesperada por el paco ni una policía
corrompida por sus propios delitos, y la Argentina devenga en un país
espléndido se podrá caminar por la calle con la seguridad de que se llegará a
la otra esquina.
Está todo
bárbaro, pero la coyuntura central de hoy no aprieta, mata. Y los que más la
sufren son quienes menos tienen.
Qué
importante sería saber qué opinaría la gente si los encuestadores, especie de
semidioses para muchos dirigentes, fueran a fondo cuando auscultan a la
sociedad sobre cómo combatir la inseguridad: ¿cree que es necesario hacer más
cárceles si las que hay no alcanzan para alojar a todos los que delinquen?;
¿cree que hay que modificar la edad de imputabilidad?; ¿cree que el Congreso
debe sacar las leyes necesarias para limitar las excarcelaciones?; ¿cree que
está bien que en ocho o nueve años Carolina Piparo se cruce en una esquina
cualquiera con el hombre que la arruinó de por vida? Quizá, los resultados
podrían hacerles ver a los políticos, a la sociedad toda, que hablar de esos
temas con crudeza no necesariamente convierte a los argentinos en hombres de
las cavernas, en necios que no recuerdan que Sarmiento decía que allí donde no
se levantara una escuela, habría una cárcel.
Frente a tantas
vidas inocentes que se pierden por nada tal vez valga la pena intentar algo
concreto hasta tanto la Argentina se convierta en un país escandinavo.
© LA NACION
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