Sábado 03 de julio de 2010 | 21:40
Por Antonio E. De Turris
Especial para canchallena.com
Qué bajón. Cuántos se imaginaron y soñaron que
por estas horas la Argentina sería un carnaval tan enorme que iría desde
Ushuaia hasta La Quiaca, pobladas sus avenidas y plazas por gentes pletóricas
de alegría, despreocupadas de todo aquello que no fuera darle al pito y la
matraca. Y a la vuvuzela, por cierto.
Hoy, en cambio, calles y plazas están vacías de
festejos; los ánimos están mustios. La Argentina es hoy un país deprimido.
Diego y sus muchachos, incluido el que para muchos es el mejor jugador del mundo,
habían sembrado en millones de compatriotas la sensación de que el tercer
título mundial era inevitable. Parecía un equipo condenado al éxito, diría
alguien.
Para muchos, tan condenado al éxito pareció el
seleccionado después de los primeros partidos, que hasta desde los medios y
programas simpatizantes K se empezaba a relacionar esa dulce condena con el
fútbol para todos y con la superioridad que, según la presidenta, en muchos
sentidos, desde el fútbol hasta el manejo de las crisis económicas, pasando por
las relaciones internacionales y el combate a la pobreza, pone a la Argentina
sobre el resto del mundo. Sobre todo del primer mundo.
Algunas cosas han quedado en el camino.
No habrá gobernantes tentados de apropiarse de
un éxito que no les hubiese pertenecido en absoluto, como tampoco los alcanza
ahora el fracaso.
Los encuestadores preferidos del Gobierno,
sobre todo aquellos que se esfuerzan hasta poner en riesgo su propio prestigio
para que quien los contratan escuchen lo que quieren escuchar, tendrán que
aguzar el ingenio si es que no quieren ser portadores de noticias no gratas.
Hoy, sin pito y sin matraca, quien no la pasa bien podría sentir que la está
pasando peor y hasta se preguntará por qué se embarcó en una deuda grande por
un LCD que ahora sirve para mostrar la gloria y la alegría de otros. Un bajón.
Y menos mal que no fue en una tarde naturalmente depresiva de domingo.
El invierno será más duro en Ushuaia y en La
Quiaca, el chango del supermercado que millones no pueden llenar siquiera hasta
la mitad parecerá más grande; la vida en los confines del conurbano se sentirá
más áspera que lo que ya es. Todo, al fin, contribuirá a que los humores no
sean los mejores.
Si el matrimonio gobernante esperaba que
durante algunas semanas el país fuera un carnaval para afirmar lo que ellos y
otros advierten como un despegue de Néstor 2011, tal vez esté molesto. La
fiesta terminó, y muy mal.
Ahora, eso sí, si los K son tan cabuleros como
Bilardo y Maradona, tendrán consuelo: poco después de disfrutar de la plaza y
el balcón y de muchos días de pan y circo que generó la conquista de México 86,
y también con Diego como gran protagonista, el gobierno de Raúl Alfonsín
terminó por entrar en un tobogán que lo obligó a irse antes del poder. Si los K
son cabuleros, hoy deben de haber corrido el champagne en Olivos.
Sin pizza, claro.
Más allá de especulaciones políticas
inevitables en estos casos, hay que pensar que deben de haber encontrado alivio
todos aquellos a quienes, hace tiempo, ya, Maradona puso a mamar y mamar y no
precisamente de un cálido pecho materno.
Y hablando de Bilardo: ¿será él una de esas
personas para quienes un título mundial no tiene precio? No se sabe, pero lo
cierto es que el fracaso en Sudáfrica lo eximió de cumplir la promesa, formulada
antes del viaje del equipo, de entregar una de las partes de su cuerpo para que
alguien hiciera lo que quisiera con ella si la Argentina volvía campeón. Él lo
había prometido.
Nunca como esta vez parecerá estúpida esa
sentencia según la cual el fútbol siempre da revancha, sobre todo cuando un
pueblo futbolero de alma como el argentino vio cómo sus ídolos salían de la
fiesta por la puerta de atrás, lo cual hizo naufragar un espectáculo que
prometía ser curioso: el que ofrecería Maradona corriendo alrededor del
Obelisco como Dios lo trajo al mundo. Ya no podrá ser, como tampoco el que la
modelo paraguaya Larissa Riquelme daría corriendo por Asunción con nada encima
si el equipo del Tata Martino era campeón.
El sueño latinoamericano en Sudáfrica quedó reducido
a Uruguay. Ojalá, por cábala, no se le ocurra al maestro Tabárez prometer que
si su equipo es campeón correrá desnudo por la rambla de Montevideo.
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