Thursday, January 22, 2015

Una oportunidad perdida

Por   | Para LA NACION
La muerte de Nisman sacó a las calles a gente deseosa de mostrar su enojo con el Gobierno, en especial con la Presidenta, blanco de todo tipo de insultos y hasta del calificativo de "asesina". Muchos de los manifestantes portaban carteles en los que se leía "Yo soy Nisman"; en otros se había escrito "Je suis Nisman". ¿Acaso sintieron, como los franceses hace unos días, la necesidad de ser protagonistas visibles para repudiar una tragedia de incalculables consecuencias? Evidentemente, sí.
Pero Buenos Aires no fue París, y así como Nisman estuvo inexplicablemente solo en vísperas del día más importante de su carrera, también quedaron solos los que en todo el país sintieron que debían salir de sus casas para exigir justicia.
En París y en cada rincón de Francia se volcaron a las calles millones de personas. Aquí, no. La Plaza de Mayo estuvo cubierta hasta no mucho más allá de la Pirámide. Y en el resto de los barrios porteños y ciudades del interior tampoco hubo algo abigarrado, de todos. Nada que ver con otras enormes protestas callejeras originadas en asuntos menos graves que el de Nisman.
Pero también hubo una diferencia cualitativa. En Francia, la ciudadanía percibió que lo ocurrido iba mucho más allá de algo de por sí gravísimo como un ataque a la libertad de prensa, y salieron todos. Franceses puros se mezclaron con otros nacidos de la unión de latinos con africanos; católicos y judíos, musulmanes y protestantes, partidarios del gobierno y opositores, ricos y pobres. Era un pueblo conmovido, tal vez por miedo, que sintió que había muchísimo en juego, que debía salir.
Aquí únicamente antikirchneristas se congregaron para protestar. Y sólo unos pocos de ellos, como si los demás estuviesen resignados y creyeran que es inútil pelear por un país mejor. El resto lo miró por televisión o siguió en lo suyo. Hoy, entre el común, Nisman pasará y, de a poco, la Argentina volverá a ser un país que nace en San Clemente y termina en Miramar.
Los franceses coparon las calles por la matanza de doce personas en una revista. La inmensa mayoría de los argentinos reaccionó pasivamente frente a la noticia de que el hombre encontrado con un tiro en la cabeza era el que estaba a punto de presentar pruebas que podían comprometer a la Presidenta en algo vinculado nada menos que con el atentado a la AMIA.
Por supuesto, son hechos incomparables por donde se los mire. Sin embargo, tienen un punto en común: representan para el futuro una amenaza ante la cual los pueblos pueden hacer algo más que esperar el día de las elecciones para decidir a quiénes premian y a quiénes castigan.
No cabía esperar que se volcaran a las calles los millones que sobreviven como pueden de los planes sociales del Estado y a quienes el Gobierno asusta diciéndoles que lo perderán todo si el kirchnerismo deja el poder. Pero, ¿qué pasó con otros millones que están en la franja que movió el consumo durante los últimos años. ¿Acaso el voto licuadora sigue estando por encima de todo? ¿O, peor aún, es que la división que generó el kirchnerismo ha tornado irreconciliables a unos y a otros pase lo que pase?
En sus primeros balbuceos ante el hecho, dijo el Gobierno que en la Argentina perduran reductos mafiosos. ¿Pensarán quienes simpatizan genuinamente con el kirchnerismo que esas mafias jamás llegarán a ellos ni a sus seres queridos? ¿Se preguntarán por qué, después de un poder que durante doce años lo controló todo, hay reductos mafiosos capaces de entrometerse en la vida de un fiscal hasta llevarlo a la muerte?
Frente a la tragedia de Nisman, los argentinos perdieron la oportunidad de gritar que no toleran vivir en un país en el cual un fiscal que investiga al poder termina con un tiro en la sien. Llenar las calles como hicieron los franceses hubiese constituido una seria advertencia para Cristina, pero, lo más importante, para el que puede venir, llámese Binner, Carrió, Randazzo, Scioli, Macri, Massa, Cobos, Sanz o quien termine siendo.
Los franceses dejaron un mensaje potente que trascendió las fronteras de su país. La inmensa mayoría de los argentinos quedó paralizada, como si la muerte del fiscal fuera un problema de otros, como si el suyo no fuera hoy un país huérfano y oscuro.
El caso Nisman también será recordado como la oportunidad perdida.

Friday, May 3, 2013

Cerca del cielo, lejos del infierno


Jueves 13 de marzo de 2008 | Publicado en edición impresa

Por Antonio E. De Turris

Para LA NACION

Al final, se vio que la pelota dobla y que lo de la altura era puro cuento. No se sabe si San Lorenzo podrá evitar quedar prematuramente fuera de la Copa Santander Libertadores, pero no hay dudas de que anteanoche los de Boedo hicieron historia, y de la grande: le mostraron al mundo que a casi cuatro mil metros de altura la pelota dobla y que no es totalmente cierto que jugar decorosamente al fútbol tan por encima del nivel del mar sea imposible. Y que, muy probablemente, la cabeza, la psiquis, tenga tanto que ver como los pulmones.

En los últimos 30 minutos del partido, justamente entonces, cuando se amontonaba todo el cansancio previo, que ya venía de días anteriores, los traumas, el difícil viaje previo de Sucre a Potosí y casi una hora de partido y con dos goles adentro, los jugadores de San Lorenzo transformaron la lucha en un partido entre solteros y casados. Pero con un agregado: los del equipo argentino parecían solteros de 20 años que habían vivido toda su vida en la altura; los de Real Potosí parecían casados de 50 que venían de comer un asado en Buenos Aires. Tal era la forma en que se movían unos y otros; tal fue la manera en que San Lorenzo arrasó físicamente a los locales. Tan vigorosos y enérgicos y llenos de aire parecían unos y tan lenta y grotescamente se movían otros que ni siquiera hizo falta que San Lorenzo pusiera de manifiesto de manera total la natural diferencia técnica que hay entre argentinos y bolivianos.

Se vio un San Lorenzo distinto ya desde el comienzo del segundo tiempo, y la mejoría se acentuó a partir de la expulsión de un rival. Se notaba que el equipo argentino ya no pensaba en la altura o, al menos, no sentía sus efectos de manera demoledora.

Es posible suponer que en esos 15 minutos de entretiempo Ramón o algún jugador tocó fibras íntimas del grupo. Y es difícil creer que lo haya hecho apelando a profundas teorías freudianas o lacanianas. Más bien, vale imaginarse un discurso más o menos así: muchachos, nos van a matar a todos y Marcelo (Tinelli, claro) nos va a echar a patadas. Y además somos argentinos y ellos son bolivianos (futbolísticamente, vale discriminar). Vamo al frente carajo "

Y pasó lo que pasó. Es cierto: Real Potosí es una lágrima, pero no muy distinto de otros equipos del altiplano. San Lorenzo le hizo un favor enorme al fútbol boliviano: ahora será más difícil que la FIFA o la Conmebol puedan quitarle sedes en la altura. Se puede terminar un partido corriendo más que los bolivianos. El resultado será lo de menos. Ahora toca a los próximos que vayan por allí ratificarlo. Es cierto, Orion habló de descomposturas y de lo mucho que sufrieron. Y habrá sido cierto. Tan cierto como que aquí también, en el llano, hay jugadores que piden a gritos pastillas de carbón en la previa de algún gran partido. Y todos lo saben.

Con pocas posibilidades en el campeonato local, no por los puntos que lo separan del primero sino por la cantidad de equipos que tiene por delante, San Lorenzo podría haber sido hoy el hazmerreír del mundillo futbolístico y del espectáculo. Los bajos de la Argentina se habían convertido en un infierno. Cuatro mil metros más arriba, se sintió como en el cielo. Como corresponde a un Santo.

El problema no son las agallas


Viernes 16 de mayo de 2008 | Publicado en edición impresa

Por Antonio E. De Turris

Para LA NACION

Ahumada cometió un pecado de juventud. El debería saber que la hinchada de River nunca fue tan efervescente como la de Boca; así como la de Independiente parece la flama de una vela frente a lo volcánica que suele ser la de Racing. Históricamente, las de Boca y Racing, y también la de San Lorenzo, fueron leales en el acompañamiento a sus respectivos equipos, más allá de que éstos anduviesen bien o mal. No así las de River e Independiente, clubes que, sin embargo, supieron de muchísimos momentos de gloria.

Los partidos se ganan y se pierden en el verde césped, diría Perogrullo. Y es así. Que lo digan, si no, los pobres brasileños que colmaron el Maracaná en la final del 50 ante Uruguay; o los argentinos que llenaron la cancha de Boca para ver cómo Perú dejaba a su seleccionado fuera del Mundial 70. Y hay cientos de ejemplos más.

Enrique Omar Sívori, que jugó en Juventus y en Napoli, alguna vez se refirió a la frialdad de la hinchada turinesa y a todo el calor que bajaba de las siempre repletas gradas napolitanas. Sin embargo, Juventus acumula hoy 27 títulos de Liga y Napoli, sólo dos. Sívori tal vez se quedó corto: por momentos, la hinchada de Juventus, esté su equipo ganando o perdiendo, es conmovedoramente fría y distante. Y el estadio, lleno, parece vacío. Ahumada debe saberlo por si alguna vez le toca ir a jugar allí.

Tal vez, los h... de los que se habla en el mundo del fútbol sean la claridad mental que tuvieron los nueve de San Lorenzo para descubrir que once contrarios no sabían qué hacer. Es cierto que de la tribuna de Boca baja mucho aliento y que la Bombonera es algo especial. Pero Boca ha escrito páginas memorables en el exterior y no lo ha hecho al estilo Ahumada, corriendo mucho y pensando poco.

Si algunos hinchas de River el domingo creyeron conveniente tildar a sus jugadores de gallinitas o muchachos flojos de intestino, no fue porque no hubieran corrido o puesto la pierna fuerte. Fue porque, empezando por su técnico, no tuvieron la sabiduría para manejar una situación favorable.

Contaban los mayores que la hinchada de Boca se hizo así, como es, porque la característica de sus jugadores, que no siempre eran exquisitos, necesitaba del griterío que los mandara para adelante y, de paso, aturdiera a sus rivales. Hace 40 años, la hinchada de Racing era igualmente fiel que la de hoy, pero menos ruidosa. Desgañitarse gritando era una estupidez. Bastaba con disfrutar de las gambetas de Corbata, del cerebro de Pizzutti, de la calidad de Sacchi, de los cabezazos del marqués Sosa y esperar que los goles cayeran como higos maduros. Hoy hay otros, y entonces hay que gritar mucho y poner h... Pero ya se ve que no alcanza.

Probablemente, lo que Ahumada quiso decir fue esto: "Señores, somos un poquito mediocres; tanto, que no sabíamos qué hacer con un partido en el que estábamos ganando y teníamos dos hombres más; ¿por qué miércoles no gritaron?" . Tal vez, como dijo Simeone destilando una pizca de rencor que no le sentó bien, en un mes y algo River esté festejando y los demás se encuentren con las manos vacías. Si así fuese, lo que pasó no se borrará. En el fútbol mandan la cabeza y los pies.

La otra Argentina, harta y angustiada


Viernes 30 de mayo de 2008 | Publicado en edición impresa

Por Antonio E. De Turris


Para LA NACION



Parte de la sociedad argentina, la inmensa mayoría, posiblemente sigue cada vez más absorta y angustiada la interminable disputa entre el Gobierno y el campo que, según admitieron los propios contendientes antes de que todo se enredara en acusaciones mutuas de todo tipo, es por plata.

Desde hace ochenta días, las partes en pugna mantienen discursos básicos que pueden resumirse así: las retenciones son necesarias para que quienes menos tienen tengan más, dice la Casa Rosada; el campo es el gran motor del crecimiento, dicen los ruralistas.

¿Creerá esa inmensa mayoría de la ciudadanía que realmente es así: que quienes hace casi tres meses la tienen sentada ante el ring están mirando más allá de sus propios intereses? Es difícil dar una respuesta contundente, pero hay sobre la mesa cartas muy claras que indican que la puja no es, justamente, entre estudiosos de la filosofía platónica.

Los millones de personas que pasan penurias en la mayoría de los hospitales públicos, que ven cómo se arrastran los viejos autos policiales, que deberían ser veloces, que se hacinan en los ferrocarriles y colectivos urbanos -cuando andan, claro-, que ven cómo sus hijos asisten a escuelas públicas deterioradas y que están en las manos de Dios si no pueden pagarse una seguridad privada, posiblemente descrean de que los K están sacando la cara por ellos cuando atacan a los ruralistas.

Pero esos mismos millones, que sin tener tierras o arrendarlas, soportan un dólar inflado que beneficia a los exportadores, y no sólo los del campo, también escuchan cómo gente del interior, obviamente no toda, se ufana, sanamente, de no haberse llevado afuera la plata que admite haber ganado en estos últimos años.

¿Son, por ello, oligarcas que no piensan en el bien común, sino en sus propios intereses, como los define el Gobierno? Indudablemente, no. Son personas que, como todas, aspiran a que su trabajo les rinda y les permita vivir cada vez mejor. Y es comprensible que no quieran ver que sus ganancias van cada vez en mayor medida a la caja de la Rosada. Eso es tan cierto como que la mayoría de los millones que están en el ring side no han progresado en los últimos años, entre otras cosas porque la base del plan económico kirchnerista -es decir, la devaluación de Duhalde que siguió al default de Rodríguez Saá y que tiene como ariete un dólar sostenido con anabólicos para que los exportadores, del campo y los otros, y el Gobierno puedan hacer más caja- ha generado más puestos de trabajo, pero no siempre les ha permitido acceder a un mejor calidad de vida.

No hace falta haberse doctorado en Harvard para saber que un dólar alto no es lo más cómodo para quienes viven de un sueldo. Los sacerdotes que recorren el conurbano han visto que quienes van a los comedores solidarios ya no son sólo desocupados, sino también trabajadores a quienes lo que ganan no les alcanza para dar de comer a sus familias. La inflación no perdona, y menos a ellos.

El Gobierno admite semejante situación cuando habla, por boca de la propia Presidenta, del programa económico que sostiene toda la sociedad y dice que gracias a ese plan ruralistas hoy prósperos pudieron, en su momento, evitar el remate de sus tierras. Es cierto, aunque también debe agregar en la lista de grandes beneficiarios de la devaluación y el dólar alto a buena parte del empresariado que hoy, por temor o por negocios, forma parte de su corte, que todo lo ve bien.

Los del campo dicen que los impuestos que pagan no se ven reflejados en obras que mejoren la infraestructura de los pueblos, que la plata de las retenciones vuela para la Plaza de Mayo y que vuelve con cuentagotas y cuando algún intendente o gobernador tiene la suerte de inaugurar algo, siempre gracias a la generosidad del gobierno central. ¿Quién puede dudar de que ello es así en gran medida? Nadie. Como tampoco de que fue en el interior donde Cristina hizo mejor pie en las elecciones, frescas aún. ¿Nadie sabía del estilo y las intenciones K? ¿Alguien pudo pensar que gobernadores antes complacientes y gustosos de mostrarse sonrientes en cada aparición de la Presidenta o su marido hoy estarían peleando por lo que les corresponde a sus provincias y pensando más en quienes los votaron que en si la Presidenta puede o no conciliar el sueño? Hay sorpresas, pero no demasiadas. Cada uno hará su examen de conciencia.

El monumental acto de Rosario demostró que el campo no está solo, y el de Salta, como se le escapó al propio Luis D Elía por TV, que hubo que "movilizar". Se moviliza a los clientes de siempre, que en su mayoría son grandes víctimas de todos los gobiernos.

Probablemente, los K esperan que las demostraciones del campo terminen diluyéndose, ya sea porque nadie de la oposición pueda adueñarse de semejante capital sin correr riesgos, o porque los referentes del campo se conviertan en Juan Carlos Blumberg si se lanzan a la arena electoral. Quizás esté usando la disputa para que la economía se enfríe, y con ella la inflación, y alguien pague los supuestos costos.

Tal vez los ruralistas crean que, si aguantan, los K se verán obligados a ceder al ver que la caja se achica y que sus encuestadores predilectos terminan como el Indec, inventándolo todo y desacreditados. Y tal vez el camino no tenga retorno.

Sin perjuicio de la simpatía que despierta la gente de campo ni de las fibras que puedan conmover los K cuando aseguran que hay golpistas acechándolos, hay millones de ciudadanos que siguen allí, en el ring side , pensando, tal vez, que también ellos son víctimas de retenciones (cargas impositivas de todo tipo) que no vuelven en obras, sino en dádivas. Y, sin entender mucho sobre retenciones, mercados a futuro y commodities , posiblemente se sientan parte de la otra Argentina, la que no estuvo ni en Salta ni en Rosario, que está harta y angustiada, y que no espera nada bueno del combate, quien quiera que sea quede en la lona.

Tuesday, April 30, 2013

Palermo, un bronce que hace goles


Lunes 12 de abril de 2010 | 21:01

Por Antonio E. De Turris

Especial para canchallena.com

Qué suerte que Palermo existe, que todavía juega y que está allí, como uno más con quien se puede hablar y a quien se puede observar. Qué suerte, porque Palermo es una leyenda y no siempre las leyendas están al alcance de la mano.

Es cierto que hay grandísimos jugadores en actividad que empiezan a ser leyenda -Messi el primero, por cierto - pero ante el gol todo se rinde, porque el gol es la finalidad de todo en el fútbol. Y en materia de goles, Palermo ha traspasado todas las barreras.

Quienes ya peinan varias canas y se criaron en casas de familias futboleras, crecieron y se hicieron adultos escuchando a sus mayores hablar de futbolistas cuyas proezas se agigantaban sin límites en las mentes de quienes sólo podían limitarse a eso, a escuchar, porque no habían visto aquello de lo cual se les hablaba.

Cómo no recordar el orgullo con que los de Independiente se ufanaban de que el paraguayo Arsenio Erico hubiese hecho lo mejor de su campaña con la camiseta roja y dijeran una y otra vez que nunca nadie en una cancha de fútbol había vuelto a saltar como él y a clavar cabezazos en todos los arcos. Y así lo reflejaban las fotos, casi siempre en pleno salto, medio cuerpo por encima de sus adversarios. Erico, 293 goles, el máximo goleador del fútbol argentino.

Y los de River se llenaban la boca - y no hay juego de palabras - hablando de cómo sacaba la joroba el feo Labruna cada vez que entraba al área para someter a los arqueros rivales. Nunca se sabrá bien porqué, pero Labruna se quedó en la puerta del récord de Erico con 292 goles. Aunque con el tiempo, le reconocieron un tanto "dudoso" y la historia lo ubicó a la par del artillero guaraní.

Ya entonces, albores del profesionalismo que arrancó en con la década del 30, el marketing y las camisetas hacían lo suyo. Por eso se escuchaba hablar más de "Cabecita de oro", Roberto Cherro, el hombre al que Palermo acaba de destronar, y de Pancho Varallo que de Herminio Masantonio, crack de Huracán, 255 goles,

Aunque hizo muchos menos goles, 206, Bernabé Ferreyra también era motivo de conversación y pasó a ser leyenda por su potente remate. Debía patear fuerte en serio "El mortero de Rufino", que River le compró a Tigre, para hacer muchos goles de larga distancia con un cuero que pesaba veinte veces más que el globo que se usa hoy como pelota en el fútbol profesional.

Los de Huracán, ya se dijo, también tenían lo suyo: Herminio Masantonio, 255 goles, hechos, según ellos, con una calidad que no tenían ni Erico, ni Labruna y mucho menos Ferreyra. Los viejos de Estudiantes todavía hoy hablan de las proezas de Manuel Pellegrina, 231 goles, y de Ricardo Infante, jugador exquisito que marcó 217 veces.

No eran, por cierto, épocas de videos, por lo cual había, hay, que conformarse con fotos y hacer volar la imaginación.

Por cierto, promediando el siglo pasado no se hablaba de algunos monstruos del gol que estaban por llegar y que hoy andan entre nosotros, pero que parecen un poco olvidados en su condición de grandes goleadores quizás porque en este caso sí hay videos y la imaginación y las historias se achican; o tal vez porque quedaron en el medio de aquellas leyendas y de Palermo, el presente: José Francisco Sanfilippo, 227, ídolo de San Lorenzo, aunque también pasó por Boca; Oscar Mas, de River, 215, y el velezano Carlos Bianchi 206, más 179 en Francia. Impresionante.

Sanfilippo es recordado como un petiso pícaro y pendenciero, mezcla de oportunismo y calidad; de Pinino Mas quedan películas que lo muestran en sus carreras explosivas, en sus remates espectaculares, en sus agallas para volver sobre defensores que le pegaban sin piedad, como se pegaba en el fútbol argentino de los sesenta (quien lo haya visto filtrándose pasar entre Ferreiro y Navarro, dos bastiones de un Independiente multicampeón, saben de qué se habla); y qué decir del oportunismo de Bianchi, símbolo de Vélez, enorme goleador devorado por un técnico recontraexitoso.

Y hoy, Palermo, de quien la perfección de los videos actuales no permitirá fantasía alguna: lo mostrarán siempre como lo que es, un grandote de movimientos torpísimos que muchas veces patea con el tobillo y cabecea con el hombro o con la espalda, capaz de festejar de manera grotesca y hasta de lesionarse en uno de esos momentos; una máquina de errar penales y varias cosas más. Lo que no podrán explicar los videos es la razón de su eterno feeling con el gol, su insólita capacidad para lograr que la pelota siempre entre, no importa dónde y cómo haya sido impactada; su fortaleza para sobreponerse a lesiones graves y dramas personales.

Es seguro de que muchos que lo han sufrido y maldecido, paradójicamente lo admirarán. No puede sentir otra cosa quien ame el fútbol por encima de una divisa. Cómo no admirar a quien hizo semejante cantidad de goles.

Ahora Palermo ya batió el récord que tanto perseguía y está al tope de los goleadores de un club de la magnitud de Boca. Y qué importa si el gol tan esperado llegó en uno de los peores momentos de Boca en los últimos años. En medio de conflictos y de rumores de todo tipo.

Es curioso, o no tanto tratándose de la Argentina y del fútbol argentino. A punto de pasar a ser un bronce viviente, Palermo tuvo que escuchar cómo se ponía en duda su continuidad en el club.

Si en lugar de haber hecho su carrera donde la hizo Palermo hubiese sido de alguno de los grandes clubes de España o Italia, hoy sería un Di Stefano, un Maldini o cosa parecida: simplemente un presidente honorario y dueño de jugar hasta cuando él quisiera.

El hincha de Boca, el hincha de fútbol, no perdonará la mezquindad de los dirigentes.

Maestro, no prometa desnudarse en la rambla


Sábado 03 de julio de 2010 | 21:40

Por Antonio E. De Turris

Especial para canchallena.com

Qué bajón. Cuántos se imaginaron y soñaron que por estas horas la Argentina sería un carnaval tan enorme que iría desde Ushuaia hasta La Quiaca, pobladas sus avenidas y plazas por gentes pletóricas de alegría, despreocupadas de todo aquello que no fuera darle al pito y la matraca. Y a la vuvuzela, por cierto.

Hoy, en cambio, calles y plazas están vacías de festejos; los ánimos están mustios. La Argentina es hoy un país deprimido. Diego y sus muchachos, incluido el que para muchos es el mejor jugador del mundo, habían sembrado en millones de compatriotas la sensación de que el tercer título mundial era inevitable. Parecía un equipo condenado al éxito, diría alguien.

Para muchos, tan condenado al éxito pareció el seleccionado después de los primeros partidos, que hasta desde los medios y programas simpatizantes K se empezaba a relacionar esa dulce condena con el fútbol para todos y con la superioridad que, según la presidenta, en muchos sentidos, desde el fútbol hasta el manejo de las crisis económicas, pasando por las relaciones internacionales y el combate a la pobreza, pone a la Argentina sobre el resto del mundo. Sobre todo del primer mundo.

Algunas cosas han quedado en el camino.

No habrá gobernantes tentados de apropiarse de un éxito que no les hubiese pertenecido en absoluto, como tampoco los alcanza ahora el fracaso.

Los encuestadores preferidos del Gobierno, sobre todo aquellos que se esfuerzan hasta poner en riesgo su propio prestigio para que quien los contratan escuchen lo que quieren escuchar, tendrán que aguzar el ingenio si es que no quieren ser portadores de noticias no gratas. Hoy, sin pito y sin matraca, quien no la pasa bien podría sentir que la está pasando peor y hasta se preguntará por qué se embarcó en una deuda grande por un LCD que ahora sirve para mostrar la gloria y la alegría de otros. Un bajón. Y menos mal que no fue en una tarde naturalmente depresiva de domingo.

El invierno será más duro en Ushuaia y en La Quiaca, el chango del supermercado que millones no pueden llenar siquiera hasta la mitad parecerá más grande; la vida en los confines del conurbano se sentirá más áspera que lo que ya es. Todo, al fin, contribuirá a que los humores no sean los mejores.

Si el matrimonio gobernante esperaba que durante algunas semanas el país fuera un carnaval para afirmar lo que ellos y otros advierten como un despegue de Néstor 2011, tal vez esté molesto. La fiesta terminó, y muy mal.

Ahora, eso sí, si los K son tan cabuleros como Bilardo y Maradona, tendrán consuelo: poco después de disfrutar de la plaza y el balcón y de muchos días de pan y circo que generó la conquista de México 86, y también con Diego como gran protagonista, el gobierno de Raúl Alfonsín terminó por entrar en un tobogán que lo obligó a irse antes del poder. Si los K son cabuleros, hoy deben de haber corrido el champagne en Olivos.

Sin pizza, claro.

Más allá de especulaciones políticas inevitables en estos casos, hay que pensar que deben de haber encontrado alivio todos aquellos a quienes, hace tiempo, ya, Maradona puso a mamar y mamar y no precisamente de un cálido pecho materno.

Y hablando de Bilardo: ¿será él una de esas personas para quienes un título mundial no tiene precio? No se sabe, pero lo cierto es que el fracaso en Sudáfrica lo eximió de cumplir la promesa, formulada antes del viaje del equipo, de entregar una de las partes de su cuerpo para que alguien hiciera lo que quisiera con ella si la Argentina volvía campeón. Él lo había prometido.

Nunca como esta vez parecerá estúpida esa sentencia según la cual el fútbol siempre da revancha, sobre todo cuando un pueblo futbolero de alma como el argentino vio cómo sus ídolos salían de la fiesta por la puerta de atrás, lo cual hizo naufragar un espectáculo que prometía ser curioso: el que ofrecería Maradona corriendo alrededor del Obelisco como Dios lo trajo al mundo. Ya no podrá ser, como tampoco el que la modelo paraguaya Larissa Riquelme daría corriendo por Asunción con nada encima si el equipo del Tata Martino era campeón.

El sueño latinoamericano en Sudáfrica quedó reducido a Uruguay. Ojalá, por cábala, no se le ocurra al maestro Tabárez prometer que si su equipo es campeón correrá desnudo por la rambla de Montevideo.

El karma del mal menor


Viernes 30 de julio de 2010 | Publicado en edición impresa

Antonio E. De Turris

Para LA NACION

Al promediar la década del 70, con María Estela Martínez de Perón en la presidencia, la Argentina parecía el peor de los mundos con una situación socioeconómica explosiva y el tendal de muertos que dejaba la lucha armada entre los distintos sectores del peronismo que se sentían los herederos de Perón.

Aunque hoy muchos lo nieguen, buena parte de la sociedad anhelaba entonces que aquello terminara, no importaba de qué forma. Y millones de argentinos observaron casi con alivio la decisión de los militares de encarcelar a la presidenta y tomar el poder. No era lo ideal pero, en definitiva, podía ser el mal menor.

Por ello, tal vez, el 25 de junio de 1978, con la junta gobernante cometiendo ya todo tipo de atropellos contra los derechos humanos, el país fue una fiesta en la que, como en la canción de Serrat, no se sabía quiénes eran los ricos y los pobres, los peronistas y los radicales, los militares y los civiles. ¿Qué había ocurrido? Nada que cambiara la historia: la Argentina había ganado el Mundial de fútbol.

Mucho más acá, gran parte del país se sorprendió cuando, en 2003, un Menem ya muy desgastado se ganaba democráticamente el derecho de ir a una segunda vuelta para su tercer período presidencial, y eso después de mil y una maniobras para que no pudiera ser, por internas, el candidato único del justicialismo. Autoborrado Reutemann, sin imagen De la Sota y destruido el radicalismo, quienes querían cualquier cosa menos un nuevo período menemista empezaron a mirar con simpatía a Kirchner, hombre que ya en su gestión santacruceña no había ocultado sus ansias de perpetrarse en el poder, de controlar los medios, y que, además, había sido el más menemista de los gobernadores de los años noventa. Era, entonces, el mal menor.

La situación se repitió no hace mucho, cuando se produjo el conflicto por la 125. Un gran sector de la sociedad que observaba, harta, la pelea entre campo y Gobierno y que nada tenía que ver con el campo y sus intereses se puso, sin embargo, en contra del Gobierno. Se buscaba algo que les pusiera freno a los Kirchner. Otra vez había primado la teoría del mal menor.

El fenómeno parece haberse repetido ahora con el fútbol, como un aperitivo de lo que podría ocurrir en las presidenciales del año próximo, habida cuenta de que, según las encuestas, hay millones de argentinos dispuestos a votar a cualquiera que pueda sacar a los Kirchner.

Hace unas horas, Julio Grondona, demostrando que Maquiavelo podría ser tranquilamente un gran admirador suyo, acaba de tirar por la borda nada menos que a Maradona, el hombre por el que muchísimos periodistas y miembros de la clase dirigente se han dejado humillar hasta tornar borrosas las fronteras de la dignidad. Grondona lo hizo, aunque para ello haya tenido que usar a un modesto utilero. Que buena parte de la gente esté de acuerdo con la salida de Maradona, sin importar que del otro lado el gran triunfador sea Grondona, indica que la teoría del mal menor siempre está vigente en la Argentina.

Esta vez no habrá problemas si el mal menor termina siendo el daño mayor. Por suerte, esta vez no está en juego la vida de personas ni el destino del país, sino apenas el seleccionado de fútbol.

© LA NACION