Viernes 30 de julio de 2010 | Publicado en
edición impresa
Antonio E. De Turris
Para LA NACION
Al promediar la década del 70, con María Estela
Martínez de Perón en la presidencia, la Argentina parecía el peor de los mundos
con una situación socioeconómica explosiva y el tendal de muertos que dejaba la
lucha armada entre los distintos sectores del peronismo que se sentían los
herederos de Perón.
Aunque hoy muchos lo nieguen, buena parte de la
sociedad anhelaba entonces que aquello terminara, no importaba de qué forma. Y
millones de argentinos observaron casi con alivio la decisión de los militares
de encarcelar a la presidenta y tomar el poder. No era lo ideal pero, en
definitiva, podía ser el mal menor.
Por ello, tal vez, el 25 de junio de 1978, con
la junta gobernante cometiendo ya todo tipo de atropellos contra los derechos
humanos, el país fue una fiesta en la que, como en la canción de Serrat, no se
sabía quiénes eran los ricos y los pobres, los peronistas y los radicales, los
militares y los civiles. ¿Qué había ocurrido? Nada que cambiara la historia: la
Argentina había ganado el Mundial de fútbol.
Mucho más acá, gran parte del país se sorprendió
cuando, en 2003, un Menem ya muy desgastado se ganaba democráticamente el
derecho de ir a una segunda vuelta para su tercer período presidencial, y eso
después de mil y una maniobras para que no pudiera ser, por internas, el
candidato único del justicialismo. Autoborrado Reutemann, sin imagen De la Sota
y destruido el radicalismo, quienes querían cualquier cosa menos un nuevo
período menemista empezaron a mirar con simpatía a Kirchner, hombre que ya en
su gestión santacruceña no había ocultado sus ansias de perpetrarse en el
poder, de controlar los medios, y que, además, había sido el más menemista de
los gobernadores de los años noventa. Era, entonces, el mal menor.
La situación se repitió no hace mucho, cuando
se produjo el conflicto por la 125. Un gran sector de la sociedad que
observaba, harta, la pelea entre campo y Gobierno y que nada tenía que ver con
el campo y sus intereses se puso, sin embargo, en contra del Gobierno. Se
buscaba algo que les pusiera freno a los Kirchner. Otra vez había primado la
teoría del mal menor.
El fenómeno parece haberse repetido ahora con
el fútbol, como un aperitivo de lo que podría ocurrir en las presidenciales del
año próximo, habida cuenta de que, según las encuestas, hay millones de
argentinos dispuestos a votar a cualquiera que pueda sacar a los Kirchner.
Hace unas horas, Julio Grondona, demostrando
que Maquiavelo podría ser tranquilamente un gran admirador suyo, acaba de tirar
por la borda nada menos que a Maradona, el hombre por el que muchísimos
periodistas y miembros de la clase dirigente se han dejado humillar hasta
tornar borrosas las fronteras de la dignidad. Grondona lo hizo, aunque para
ello haya tenido que usar a un modesto utilero. Que buena parte de la gente
esté de acuerdo con la salida de Maradona, sin importar que del otro lado el
gran triunfador sea Grondona, indica que la teoría del mal menor siempre está
vigente en la Argentina.
Esta vez no habrá problemas si el mal menor
termina siendo el daño mayor. Por suerte, esta vez no está en juego la vida de
personas ni el destino del país, sino apenas el seleccionado de fútbol.
© LA NACION
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