Tuesday, April 30, 2013

El karma del mal menor


Viernes 30 de julio de 2010 | Publicado en edición impresa

Antonio E. De Turris

Para LA NACION

Al promediar la década del 70, con María Estela Martínez de Perón en la presidencia, la Argentina parecía el peor de los mundos con una situación socioeconómica explosiva y el tendal de muertos que dejaba la lucha armada entre los distintos sectores del peronismo que se sentían los herederos de Perón.

Aunque hoy muchos lo nieguen, buena parte de la sociedad anhelaba entonces que aquello terminara, no importaba de qué forma. Y millones de argentinos observaron casi con alivio la decisión de los militares de encarcelar a la presidenta y tomar el poder. No era lo ideal pero, en definitiva, podía ser el mal menor.

Por ello, tal vez, el 25 de junio de 1978, con la junta gobernante cometiendo ya todo tipo de atropellos contra los derechos humanos, el país fue una fiesta en la que, como en la canción de Serrat, no se sabía quiénes eran los ricos y los pobres, los peronistas y los radicales, los militares y los civiles. ¿Qué había ocurrido? Nada que cambiara la historia: la Argentina había ganado el Mundial de fútbol.

Mucho más acá, gran parte del país se sorprendió cuando, en 2003, un Menem ya muy desgastado se ganaba democráticamente el derecho de ir a una segunda vuelta para su tercer período presidencial, y eso después de mil y una maniobras para que no pudiera ser, por internas, el candidato único del justicialismo. Autoborrado Reutemann, sin imagen De la Sota y destruido el radicalismo, quienes querían cualquier cosa menos un nuevo período menemista empezaron a mirar con simpatía a Kirchner, hombre que ya en su gestión santacruceña no había ocultado sus ansias de perpetrarse en el poder, de controlar los medios, y que, además, había sido el más menemista de los gobernadores de los años noventa. Era, entonces, el mal menor.

La situación se repitió no hace mucho, cuando se produjo el conflicto por la 125. Un gran sector de la sociedad que observaba, harta, la pelea entre campo y Gobierno y que nada tenía que ver con el campo y sus intereses se puso, sin embargo, en contra del Gobierno. Se buscaba algo que les pusiera freno a los Kirchner. Otra vez había primado la teoría del mal menor.

El fenómeno parece haberse repetido ahora con el fútbol, como un aperitivo de lo que podría ocurrir en las presidenciales del año próximo, habida cuenta de que, según las encuestas, hay millones de argentinos dispuestos a votar a cualquiera que pueda sacar a los Kirchner.

Hace unas horas, Julio Grondona, demostrando que Maquiavelo podría ser tranquilamente un gran admirador suyo, acaba de tirar por la borda nada menos que a Maradona, el hombre por el que muchísimos periodistas y miembros de la clase dirigente se han dejado humillar hasta tornar borrosas las fronteras de la dignidad. Grondona lo hizo, aunque para ello haya tenido que usar a un modesto utilero. Que buena parte de la gente esté de acuerdo con la salida de Maradona, sin importar que del otro lado el gran triunfador sea Grondona, indica que la teoría del mal menor siempre está vigente en la Argentina.

Esta vez no habrá problemas si el mal menor termina siendo el daño mayor. Por suerte, esta vez no está en juego la vida de personas ni el destino del país, sino apenas el seleccionado de fútbol.

© LA NACION

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