Monday, April 29, 2013

Cuando la oposición se fagocita a sí misma


Viernes 26 de noviembre de 2010 | Publicado en edición impresa


¿Al final no era tan malo como parecía?
Del kirchnerismo, la oposición dijo de todo. Desde que era un antro de corrupción que superaba todo lo conocido en la Argentina en la materia, lo cual es mucho decir, hasta que escondía en su seno un afán de perpetuarse en el poder e implantar esa clase de dictaduras que hay por el mundo y que se disimulan bajo el acto del voto. Y ni hablar de quienes, frente al silencio cómplice de otros, afirmaron que tenía muchos rasgos propios del fascismo.
¿Qué ha pasado ahora para que ese monstruo de mil cabezas haya quedado reducido a una vivaracha mascota de jardín? ¿Por qué algo que para muchos miembros de la variopinta oposición representaba un peligro al que había que desalojar del poder ha pasado a un segundo plano? ¿Acaso advierten muchos opositores que con la muerte de Néstor Kirchner todos aquellos males se disiparon para siempre? ¿Por qué el fuego cruzado que dispara la oposición ya no tiene en la mira al gobierno que, según ella misma, llevaba al país al fondo del abismo más profundo de la historia?
Carlos Reutemann, que parece nunca podrá dejar de zigzaguear, fue el primero en apuntar para otro lado y utilizó la muerte de Kirchner para despegarse de sus compañeros de ruta del Peronismo Federal, que ya no se sabe qué es. Según un comunicado que se le atribuyó, no se había respetado el duelo de la Presidenta. Sonó a excusa.
Eran las horas en las cuales la viuda, con la partida de su compañero muy reciente aún, tomaba decisiones políticas de fondo: velatorio en la Casa de Gobierno –no en el Congreso– y una fortaleza tremenda para decir, en esos momentos, quién podía acercarse a cien metros, quién a cincuenta y quién podía pasar cerca del féretro. Aquella era la misma mujer que hoy se mantiene rodeada por los mismos personajes que, según muchos opositores, eran desde la fuerza de choque hasta los cajeros de su marido muerto, a quien, horas atrás nomás, comparó en San Pedro con los grandes próceres de la historia argentina y latinoamericana.
Sin embargo, cada uno tiene ahora su propio monstruo a quien combatir: Reutemann va contra su rival del pago chico, Hermes Binner, pelea difícil porque no se sabe si se podrán agarrar, tan resbaladizos son; Carrió, contra el radicalismo casi en pleno; el radicalismo en pleno, contra Carrió y, en la interna, todos contra todos y a morir; Stolbizer, contra Carrió; un puñado de diputados macristas, contra Macri; Solá, contra otros como él, dinosaurios que, como buenos peronistas, han estado al servicio de todo compañero que tuviera el poder. Y ni hablar de los restos a que quedó reducido el trío Macri-Solá-De Narváez. O del “dónde me pongo”, de Pino Solanas.
Recientemente, algunos parecieron más kirchneristas que los propios kirchneristas, y no se habla aquí de los conversos de siempre, sino de quienes, con la etiqueta de opositores colgada, rápidamente –más rápido que los propios oficialistas– clausuraron toda posibilidad de que se investigaran las denuncias sobre supuestas compras de voluntades en Diputados.
¿Qué ha pasado? ¿Acaso toda esta gente, durante años, sobresaltó a buena parte de la sociedad hablando de un monstruo que, en realidad, no existía? ¿Mintieron a sabiendas o cometieron un pecado de ingenuidad imperdonable en personas que aspiran a manejar un país?
Si el periodista y escritor español Juan Cruz Ruiz hubiese podido pasar un tiempito en la Argentina y se hubiese instalado en el Congreso y en los campamentos opositores, por estas horas podría estar produciendo una especie de saga de Egos revueltos, el muy entretenido e intimista libro de memorias en el que describe las increíbles vanidades, miserias, obsesiones, miedos y ambiciones de varios grandes de la literatura mundial. Con políticos, tal vez le hubiese resultado más divertido hacerlo. Total, él es español y no vive aquí. © La Nacion


Antonio E. De Turris

Para LA NACION

No comments:

Post a Comment