Tuesday, April 30, 2013

Palermo, un bronce que hace goles


Lunes 12 de abril de 2010 | 21:01

Por Antonio E. De Turris

Especial para canchallena.com

Qué suerte que Palermo existe, que todavía juega y que está allí, como uno más con quien se puede hablar y a quien se puede observar. Qué suerte, porque Palermo es una leyenda y no siempre las leyendas están al alcance de la mano.

Es cierto que hay grandísimos jugadores en actividad que empiezan a ser leyenda -Messi el primero, por cierto - pero ante el gol todo se rinde, porque el gol es la finalidad de todo en el fútbol. Y en materia de goles, Palermo ha traspasado todas las barreras.

Quienes ya peinan varias canas y se criaron en casas de familias futboleras, crecieron y se hicieron adultos escuchando a sus mayores hablar de futbolistas cuyas proezas se agigantaban sin límites en las mentes de quienes sólo podían limitarse a eso, a escuchar, porque no habían visto aquello de lo cual se les hablaba.

Cómo no recordar el orgullo con que los de Independiente se ufanaban de que el paraguayo Arsenio Erico hubiese hecho lo mejor de su campaña con la camiseta roja y dijeran una y otra vez que nunca nadie en una cancha de fútbol había vuelto a saltar como él y a clavar cabezazos en todos los arcos. Y así lo reflejaban las fotos, casi siempre en pleno salto, medio cuerpo por encima de sus adversarios. Erico, 293 goles, el máximo goleador del fútbol argentino.

Y los de River se llenaban la boca - y no hay juego de palabras - hablando de cómo sacaba la joroba el feo Labruna cada vez que entraba al área para someter a los arqueros rivales. Nunca se sabrá bien porqué, pero Labruna se quedó en la puerta del récord de Erico con 292 goles. Aunque con el tiempo, le reconocieron un tanto "dudoso" y la historia lo ubicó a la par del artillero guaraní.

Ya entonces, albores del profesionalismo que arrancó en con la década del 30, el marketing y las camisetas hacían lo suyo. Por eso se escuchaba hablar más de "Cabecita de oro", Roberto Cherro, el hombre al que Palermo acaba de destronar, y de Pancho Varallo que de Herminio Masantonio, crack de Huracán, 255 goles,

Aunque hizo muchos menos goles, 206, Bernabé Ferreyra también era motivo de conversación y pasó a ser leyenda por su potente remate. Debía patear fuerte en serio "El mortero de Rufino", que River le compró a Tigre, para hacer muchos goles de larga distancia con un cuero que pesaba veinte veces más que el globo que se usa hoy como pelota en el fútbol profesional.

Los de Huracán, ya se dijo, también tenían lo suyo: Herminio Masantonio, 255 goles, hechos, según ellos, con una calidad que no tenían ni Erico, ni Labruna y mucho menos Ferreyra. Los viejos de Estudiantes todavía hoy hablan de las proezas de Manuel Pellegrina, 231 goles, y de Ricardo Infante, jugador exquisito que marcó 217 veces.

No eran, por cierto, épocas de videos, por lo cual había, hay, que conformarse con fotos y hacer volar la imaginación.

Por cierto, promediando el siglo pasado no se hablaba de algunos monstruos del gol que estaban por llegar y que hoy andan entre nosotros, pero que parecen un poco olvidados en su condición de grandes goleadores quizás porque en este caso sí hay videos y la imaginación y las historias se achican; o tal vez porque quedaron en el medio de aquellas leyendas y de Palermo, el presente: José Francisco Sanfilippo, 227, ídolo de San Lorenzo, aunque también pasó por Boca; Oscar Mas, de River, 215, y el velezano Carlos Bianchi 206, más 179 en Francia. Impresionante.

Sanfilippo es recordado como un petiso pícaro y pendenciero, mezcla de oportunismo y calidad; de Pinino Mas quedan películas que lo muestran en sus carreras explosivas, en sus remates espectaculares, en sus agallas para volver sobre defensores que le pegaban sin piedad, como se pegaba en el fútbol argentino de los sesenta (quien lo haya visto filtrándose pasar entre Ferreiro y Navarro, dos bastiones de un Independiente multicampeón, saben de qué se habla); y qué decir del oportunismo de Bianchi, símbolo de Vélez, enorme goleador devorado por un técnico recontraexitoso.

Y hoy, Palermo, de quien la perfección de los videos actuales no permitirá fantasía alguna: lo mostrarán siempre como lo que es, un grandote de movimientos torpísimos que muchas veces patea con el tobillo y cabecea con el hombro o con la espalda, capaz de festejar de manera grotesca y hasta de lesionarse en uno de esos momentos; una máquina de errar penales y varias cosas más. Lo que no podrán explicar los videos es la razón de su eterno feeling con el gol, su insólita capacidad para lograr que la pelota siempre entre, no importa dónde y cómo haya sido impactada; su fortaleza para sobreponerse a lesiones graves y dramas personales.

Es seguro de que muchos que lo han sufrido y maldecido, paradójicamente lo admirarán. No puede sentir otra cosa quien ame el fútbol por encima de una divisa. Cómo no admirar a quien hizo semejante cantidad de goles.

Ahora Palermo ya batió el récord que tanto perseguía y está al tope de los goleadores de un club de la magnitud de Boca. Y qué importa si el gol tan esperado llegó en uno de los peores momentos de Boca en los últimos años. En medio de conflictos y de rumores de todo tipo.

Es curioso, o no tanto tratándose de la Argentina y del fútbol argentino. A punto de pasar a ser un bronce viviente, Palermo tuvo que escuchar cómo se ponía en duda su continuidad en el club.

Si en lugar de haber hecho su carrera donde la hizo Palermo hubiese sido de alguno de los grandes clubes de España o Italia, hoy sería un Di Stefano, un Maldini o cosa parecida: simplemente un presidente honorario y dueño de jugar hasta cuando él quisiera.

El hincha de Boca, el hincha de fútbol, no perdonará la mezquindad de los dirigentes.

Maestro, no prometa desnudarse en la rambla


Sábado 03 de julio de 2010 | 21:40

Por Antonio E. De Turris

Especial para canchallena.com

Qué bajón. Cuántos se imaginaron y soñaron que por estas horas la Argentina sería un carnaval tan enorme que iría desde Ushuaia hasta La Quiaca, pobladas sus avenidas y plazas por gentes pletóricas de alegría, despreocupadas de todo aquello que no fuera darle al pito y la matraca. Y a la vuvuzela, por cierto.

Hoy, en cambio, calles y plazas están vacías de festejos; los ánimos están mustios. La Argentina es hoy un país deprimido. Diego y sus muchachos, incluido el que para muchos es el mejor jugador del mundo, habían sembrado en millones de compatriotas la sensación de que el tercer título mundial era inevitable. Parecía un equipo condenado al éxito, diría alguien.

Para muchos, tan condenado al éxito pareció el seleccionado después de los primeros partidos, que hasta desde los medios y programas simpatizantes K se empezaba a relacionar esa dulce condena con el fútbol para todos y con la superioridad que, según la presidenta, en muchos sentidos, desde el fútbol hasta el manejo de las crisis económicas, pasando por las relaciones internacionales y el combate a la pobreza, pone a la Argentina sobre el resto del mundo. Sobre todo del primer mundo.

Algunas cosas han quedado en el camino.

No habrá gobernantes tentados de apropiarse de un éxito que no les hubiese pertenecido en absoluto, como tampoco los alcanza ahora el fracaso.

Los encuestadores preferidos del Gobierno, sobre todo aquellos que se esfuerzan hasta poner en riesgo su propio prestigio para que quien los contratan escuchen lo que quieren escuchar, tendrán que aguzar el ingenio si es que no quieren ser portadores de noticias no gratas. Hoy, sin pito y sin matraca, quien no la pasa bien podría sentir que la está pasando peor y hasta se preguntará por qué se embarcó en una deuda grande por un LCD que ahora sirve para mostrar la gloria y la alegría de otros. Un bajón. Y menos mal que no fue en una tarde naturalmente depresiva de domingo.

El invierno será más duro en Ushuaia y en La Quiaca, el chango del supermercado que millones no pueden llenar siquiera hasta la mitad parecerá más grande; la vida en los confines del conurbano se sentirá más áspera que lo que ya es. Todo, al fin, contribuirá a que los humores no sean los mejores.

Si el matrimonio gobernante esperaba que durante algunas semanas el país fuera un carnaval para afirmar lo que ellos y otros advierten como un despegue de Néstor 2011, tal vez esté molesto. La fiesta terminó, y muy mal.

Ahora, eso sí, si los K son tan cabuleros como Bilardo y Maradona, tendrán consuelo: poco después de disfrutar de la plaza y el balcón y de muchos días de pan y circo que generó la conquista de México 86, y también con Diego como gran protagonista, el gobierno de Raúl Alfonsín terminó por entrar en un tobogán que lo obligó a irse antes del poder. Si los K son cabuleros, hoy deben de haber corrido el champagne en Olivos.

Sin pizza, claro.

Más allá de especulaciones políticas inevitables en estos casos, hay que pensar que deben de haber encontrado alivio todos aquellos a quienes, hace tiempo, ya, Maradona puso a mamar y mamar y no precisamente de un cálido pecho materno.

Y hablando de Bilardo: ¿será él una de esas personas para quienes un título mundial no tiene precio? No se sabe, pero lo cierto es que el fracaso en Sudáfrica lo eximió de cumplir la promesa, formulada antes del viaje del equipo, de entregar una de las partes de su cuerpo para que alguien hiciera lo que quisiera con ella si la Argentina volvía campeón. Él lo había prometido.

Nunca como esta vez parecerá estúpida esa sentencia según la cual el fútbol siempre da revancha, sobre todo cuando un pueblo futbolero de alma como el argentino vio cómo sus ídolos salían de la fiesta por la puerta de atrás, lo cual hizo naufragar un espectáculo que prometía ser curioso: el que ofrecería Maradona corriendo alrededor del Obelisco como Dios lo trajo al mundo. Ya no podrá ser, como tampoco el que la modelo paraguaya Larissa Riquelme daría corriendo por Asunción con nada encima si el equipo del Tata Martino era campeón.

El sueño latinoamericano en Sudáfrica quedó reducido a Uruguay. Ojalá, por cábala, no se le ocurra al maestro Tabárez prometer que si su equipo es campeón correrá desnudo por la rambla de Montevideo.

El karma del mal menor


Viernes 30 de julio de 2010 | Publicado en edición impresa

Antonio E. De Turris

Para LA NACION

Al promediar la década del 70, con María Estela Martínez de Perón en la presidencia, la Argentina parecía el peor de los mundos con una situación socioeconómica explosiva y el tendal de muertos que dejaba la lucha armada entre los distintos sectores del peronismo que se sentían los herederos de Perón.

Aunque hoy muchos lo nieguen, buena parte de la sociedad anhelaba entonces que aquello terminara, no importaba de qué forma. Y millones de argentinos observaron casi con alivio la decisión de los militares de encarcelar a la presidenta y tomar el poder. No era lo ideal pero, en definitiva, podía ser el mal menor.

Por ello, tal vez, el 25 de junio de 1978, con la junta gobernante cometiendo ya todo tipo de atropellos contra los derechos humanos, el país fue una fiesta en la que, como en la canción de Serrat, no se sabía quiénes eran los ricos y los pobres, los peronistas y los radicales, los militares y los civiles. ¿Qué había ocurrido? Nada que cambiara la historia: la Argentina había ganado el Mundial de fútbol.

Mucho más acá, gran parte del país se sorprendió cuando, en 2003, un Menem ya muy desgastado se ganaba democráticamente el derecho de ir a una segunda vuelta para su tercer período presidencial, y eso después de mil y una maniobras para que no pudiera ser, por internas, el candidato único del justicialismo. Autoborrado Reutemann, sin imagen De la Sota y destruido el radicalismo, quienes querían cualquier cosa menos un nuevo período menemista empezaron a mirar con simpatía a Kirchner, hombre que ya en su gestión santacruceña no había ocultado sus ansias de perpetrarse en el poder, de controlar los medios, y que, además, había sido el más menemista de los gobernadores de los años noventa. Era, entonces, el mal menor.

La situación se repitió no hace mucho, cuando se produjo el conflicto por la 125. Un gran sector de la sociedad que observaba, harta, la pelea entre campo y Gobierno y que nada tenía que ver con el campo y sus intereses se puso, sin embargo, en contra del Gobierno. Se buscaba algo que les pusiera freno a los Kirchner. Otra vez había primado la teoría del mal menor.

El fenómeno parece haberse repetido ahora con el fútbol, como un aperitivo de lo que podría ocurrir en las presidenciales del año próximo, habida cuenta de que, según las encuestas, hay millones de argentinos dispuestos a votar a cualquiera que pueda sacar a los Kirchner.

Hace unas horas, Julio Grondona, demostrando que Maquiavelo podría ser tranquilamente un gran admirador suyo, acaba de tirar por la borda nada menos que a Maradona, el hombre por el que muchísimos periodistas y miembros de la clase dirigente se han dejado humillar hasta tornar borrosas las fronteras de la dignidad. Grondona lo hizo, aunque para ello haya tenido que usar a un modesto utilero. Que buena parte de la gente esté de acuerdo con la salida de Maradona, sin importar que del otro lado el gran triunfador sea Grondona, indica que la teoría del mal menor siempre está vigente en la Argentina.

Esta vez no habrá problemas si el mal menor termina siendo el daño mayor. Por suerte, esta vez no está en juego la vida de personas ni el destino del país, sino apenas el seleccionado de fútbol.

© LA NACION

La coyuntura no aprieta, mata


Miércoles 25 de agosto de 2010 | Publicado en edición impresa

Antonio E. De Turris

Para LA NACION

La tragedia de Carolina Piparo sigue dando que hablar.

En algún momento, según parece, los bancos tendrán su interior parcelado, de manera tal que nadie pueda saber si la persona que estuvo con el cajero dejó plata o cheques o retiró mil pesos o cien mil dólares. No está mal, todo lo contrario, pero la idea hace acordar a cuando la gente, desde la más pobre hasta la más rica, decidió enrejar sus hogares. Primero por fuera; luego, por dentro, "para que no me lleguen hasta el dormitorio si entran en casa". Hoy, hasta quienes viven en countries y barrios privados están empezando a autoencarcelarse.

Lo de los bancos también hace recordar las barandas que algunos municipios decidieron, con acierto, poner sobre los descansos o bulevares que dividen las avenidas para evitar que motoqueros que circulan por allí como si nada sigan atropellando gente; y a las tribunas vacías en los estadios de fútbol para que los barras no se enfrenten.

Es como si la sociedad buscara la manera de retroceder frente al delito en lugar de enfrentarlo. Ello no ha servido y no parece que vaya a servir. El problema está afuera, no adentro. Los que roban y matan no siempre proceden porque la víctima lleva mucho dinero; muchas veces lo hacen por un par de zapatillas o porque un gesto del asaltado no les gustó; las rejas no sirven cuando el delincuente aprovecha un descuido de su víctima para meterse en su casa; los barras, si no pueden pelearse en el estadio, lo hacen en la calle o en la estación más cercana y entonces cualquiera que está pasando por el lugar termina muerto o con la cabeza partida; muchos motoqueros siguen delinquiendo al circular sin patente -no quisieron la pechera identificatoria porque, dijeron, ello constituiría una discriminación- y atropellando gente y vehículos en sus locos raides en permanente zigzag. Por momentos, el escenario cotidiano es caótico.

El Gobierno ha hablado más de una vez de sensación de inseguridad. Lo que existe es la sensación de que impera la ley del más fuerte o la ley de la nada. No hacen falta estadísticas para saber que las calles están llenas de delincuentes. Desde los pesados que matan por una zapatilla hasta los supuestamente livianos -barras, motoqueros, arrebatadores de carteras en el borde de un andén- que muchas veces también terminan con la vida de un inocente.

Es curioso. Aunque la inseguridad figura al tope de las preocupaciones de los argentinos según la mayoría de las encuestas, salvo algunas excepciones la dirigencia política -el Gobierno y la oposición- sigue envuelta en otro tipo de debates, por cierto importantísimos, pero que no tienen directamente que ver con la coyuntura que ha convertido a la Argentina en un país casi indefenso frente a la delincuencia.

Los cruces entre el Gobierno y los jueces por las excarcelaciones, las críticas de la oposición y el discurso del oficialismo para decir que el delito está en retirada fueron demasiado poco para lo que ocurre.

Parte de la dirigencia, de los historiadores, del periodismo y de la sociedad puede seguir discutiendo sobre si la culpa de todos nuestros males la tuvieron las campañas de Roca, la conformación de la Primera Junta, Perón, los golpes militares, el menemismo o la Alianza. Y procurando justificarse por haberse abrazado a Menem o haber sido condescendientes con Videla. Y dirimiendo quiénes son los verdaderos campeones de los derechos humanos y del garantismo. Y recordando que cuando no haya excluidos ni gente desesperada por el paco ni una policía corrompida por sus propios delitos, y la Argentina devenga en un país espléndido se podrá caminar por la calle con la seguridad de que se llegará a la otra esquina.

Está todo bárbaro, pero la coyuntura central de hoy no aprieta, mata. Y los que más la sufren son quienes menos tienen.

Qué importante sería saber qué opinaría la gente si los encuestadores, especie de semidioses para muchos dirigentes, fueran a fondo cuando auscultan a la sociedad sobre cómo combatir la inseguridad: ¿cree que es necesario hacer más cárceles si las que hay no alcanzan para alojar a todos los que delinquen?; ¿cree que hay que modificar la edad de imputabilidad?; ¿cree que el Congreso debe sacar las leyes necesarias para limitar las excarcelaciones?; ¿cree que está bien que en ocho o nueve años Carolina Piparo se cruce en una esquina cualquiera con el hombre que la arruinó de por vida? Quizá, los resultados podrían hacerles ver a los políticos, a la sociedad toda, que hablar de esos temas con crudeza no necesariamente convierte a los argentinos en hombres de las cavernas, en necios que no recuerdan que Sarmiento decía que allí donde no se levantara una escuela, habría una cárcel.

Frente a tantas vidas inocentes que se pierden por nada tal vez valga la pena intentar algo concreto hasta tanto la Argentina se convierta en un país escandinavo.

© LA NACION

La Presidenta y un país tomado


Jueves 16 de septiembre de 2010 | Publicado en edición impresa

Antonio E. De Turris

Para LA NACION

En cualquier otra sociedad que se rija por valores y normas distintos de los que hay en la Argentina, esta nota podría ser vista como apología del delito por incitación a la violencia. En la Argentina de hoy, no.

"Los chicos piden un plan de obra, lo que no me parece mucho. Será cuestión de que los chicos terminen enseñándonos". Así se expresó la Presidenta, durante un acto en el Correo Argentino, al referirse a la toma de escuelas por parte de alumnos del secundario, un conflicto que adquirió singular dureza y que mantiene a centenares de jóvenes al margen de lo que se entiende es prioritario para ellos: estudiar, educarse.

Se equivocaron quienes esperaban que la Presidenta invitara a los alumnos a volver a clase sin por ello cesar en sus reclamos de mejoras edilicias.

Los mal pensados que nunca faltan suponen que la Presidenta se expresó de esa forma y mostró un tono tan condescendiente con las tomas porque el problema lo tiene Macri, a quien desde el kirchnerismo siguen viendo como un potencial rival de envergadura para 2011.

Seguramente no ha sido así. No hay derecho a pensar que ante un hecho de semejante gravedad, la Presidenta justifique las tomas y de algún modo invite a mantenerlas por el simple hecho de que la granada a punto de explotar esté en manos de un adversario político. Todo tiene un límite, aun en política.

Puede suponerse que la Presidenta ha dicho lo que dijo pensando que los alumnos porteños merecen estudiar en salas calefaccionadas en invierno y refrigeradas en verano, en las que puedan enchufar una computadora sin el riesgo de recibir una descarga mortal, y a las que puedan asistir sin gorros porque no habrá mamposterías ni lluvias que caigan sobre sus cabezas. Aulas a cuyo frente estén maestros y profesores que puedan enseñar y educarse a tiempo completo y no tengan que ir a hacer cualquier tipo de changas para poder sobrevivir con un mínimo de dignidad.

Si así fue, la Presidenta -y no sólo ella sino también algunos de sus ministros- tal vez piense que, conmovido por las tomas o preocupado por su imagen pública, el gobierno porteño ejecutará el presupuesto como debe hacerlo, no desviará partidas, dejará de pensar en las bicisendas y en las playas sin agua y, por fin, se abocará de lleno a poner las escuelas en impecables condiciones de infraestructura y a que maestros y profesores sean lo que en otros países: señores respetables y respetados, formadores a tiempo completo de las nuevas generaciones.

El gobierno macrista concretaría, entonces, lo que ni las administraciones de Telerman, Ibarra, Olivera y De la Rúa pudieron hacer en los últimos quince años, a juzgar por el estado en que hoy están muchos de los edificios que albergan colegios.

Si el comentario de la Presidenta no fuera interpretado como un desliz propio de quien gusta de hablar y hablar sobre todo sino como algo dicho sesudamente, su voz no pasaría inadvertida y miles de argentinos se verían tentados a pensar y a actuar como los estudiantes porteños. Y se sentirían con derecho después de escuchar a la primera magistrada.

Es imposible saber si la Presidenta está arrepentida de lo que dijo o, por el contrario, convencida de que las tomas son la vía correcta para conmover a gobiernos insensibles.

Si así fuera, bien desubicados quedarán esos mal pensados de siempre cuando vean que la Presidenta mantendrá la misma postura que tiene ahora frente a la toma de escuelas porteñas cuando los universitarios de las universidades nacionales que se caen a pedazos tomen los edificios; cuando los enfermos, enfermeras y médicos de hospitales públicos de todo el país -sean de territorios políticamente amigos o enemigos- en los que falta hasta algodón y alcohol y que también se caen a pedazos tomen los edificios; cuando los policías que trabajan en comisarías que también se caen a pedazos, tomen los edificios; cuando los sufridos viajantes del Roca y del Sarmiento y de muchos otros ferrocarriles del país que están mugrientos y destartalados tomen los vagones; cuando los pasajeros de la aerolínea estatal, que muchas veces no saben si su vuelo saldrá o no pese a lo que le cuesta al bolsillo de cada argentino, tomen la empresa; cuando los empleados en negro que tiene el propio Estado tomen los municipios, las gobernaciones y los mismísimos ministerios de la Nación.

Tal vez, estas protestas, de producirse, podrían parecerles al Gobierno menos simpáticas que las que protagonizan chicos que hasta dicen que aflojarán sólo cuando Macri renuncie; pero no por ello deberían ser, a los ojos de ese mismo gobierno, menos legítimas: en definitiva, todos tienen derecho a que el Estado, sea nacional, provincial o municipal, los atienda como corresponde a un país casi de maravillas, como el que se pinta desde Olivos.

Quizá sin quererlo pero tal vez con la mejor de las intenciones, la Presidenta haya puesto en marcha una idea que consiste en dar la lucha por un país mejor al estilo de los estudiantes porteños.

Y sólo los acérrimos enemigos del modelo, que todo lo ven mal, deben estar pensando que si la Argentina se convierte en un territorio tomado sobrevendría un caos de magnitud incalculable. Si no cometió un desliz, la Presidenta debe de estar convencida de lo contrario.

© LA NACION

Monday, April 29, 2013

River sigue en caída libre


08 de Febrero de 2012 - 23:22

 El análisis de Antonio De Turris sobre la actualidad de los millonarios en el Nacional B

 River sigue en caída libre. Los números dicen que esa aseveración es falsa y que la premisa de que parte el análisis es nula de nulidad absoluta. Y es así. Hoy, cuando acaba de terminar la primera rueda del nacional B, River está compartiendo el segundo lugar, de ascenso directo, con Rosario Central, y un punto por encima del cuarto, Quilmes.

Sin embargo, esos mismos números demuestran que River está a sólo dos puntos, menos de un partido, del quinto, Boca Unidos, que no entra ni en promoción. Y los que siguen son Defensa y Justicia, a cinco puntos de River, y Almirante Brown, a seis. No sólo no pudo ganarle a ninguno de los dos, sino que la pasó mal con ambos.

Y algo más sobre números: los equipos a los que River venció están todos, con excepción de Gimnasia La Plata, debajo de la duodécima posición. Es como decir que le ganó a nadie. Cualquier similitud con lo que ocurrió en el campeonato del descenso, es pura coincidencia.

En conclusión, hoy River está a un tris tanto de lograr el ascenso directo como de tener que jugar la promoción; no está mal, puede pensarse, pero el asunto es que River también está un tris de quedarse en la B un año más.

No puede asegurarse si en la segunda rueda todo mejorará o empeorará. Lo que sí, no es aventurado afirmar que los nervios y las presiones que consumieron al River que se fue al descenso y a este hasta ahora discreto equipo del Nacional B, se incrementarán partido tras partido.

River sigue en caída libre porque se hunde cada vez que Almeyda habla y deja expuestos a él y a su grupo al papelón, a que desde un campeón como Falcioni hasta un técnico de poca monta como Giunta lo manoseen, por decirlo de una manera académica. A él y al grupo. Lo que menos necesita River es que le digan que fue menos que Ramón Santamarina, de Tandil, aunque todos lo hayan visto; o que lo manden a cortar el pasto a Isidro Casanova.

Decenas de cambios, modificaciones de esquemas y una sorprendente falta de respuestas desde el banco cuando las cosas no salen bien, no han mostrado a Almeyda, hasta ahora, como el piloto de tormenta que River necesita. Porque River puede entrar en una tormenta. Cualquier equipo de la categoría maneja la pelota parada y los tiros libres al arco mejor que River. ¿Qué hace un técnico si no puede trabajar eso?

Ameyda fue un símbolo del descenso de River por la gravitación que tuvo dentro y fuera de la cancha. Escudado, como otros ahora, en que su condición de hincha y su amor por la camiseta alcanzaba, pasó sin transición del showbol a la primera millonaria y, buen marketinero, levantó a su tribuna corriendo desordenadamente y tirándose a los pies de cuanto rival pasaba más o menos cerca. No se sabe si detrás de la cara de muchacho bueno que está debutando como técnico estará lo que River necesita para lo que viene.

River está en caída libre porque Passarella inclinó más el tobogán en que dejó a River la desastrosa gestión de José María Aguilar y es el verdadero artífice de que hoy los millonarios sólo puedan cruzarse con Boca en amistosos.

Podía comprenderse y hasta justificarse su impericia política en los comienzos. No, por lo que fue como futbolista y como técnico, que supusiera que la caída la iba a frenar un elenco de incorporaciones que incluyó a hombres como Rodrigo Rojas, el Mágico Canales, Arano, Bordagaray, el propio Almeyda y a varios más por el estilo. Y, en la etapa decisiva, a técnicos como Cappa y J.J. López sobre quienes sería cruel decir algo.

Ahora, el mismo Passarella que insultó a Grondona en el momento menos oportuno, apostó a muchachos trajinados, casi ex jugadores, como Domínguez, Cavenaghi y Trezeguet. Y agregó, por un millón de dólares, a Ponzio no obstante tener una enorme cantidad de volantes de todo tipo. Casi un club de amigos que entre sus propios achaques y la incapacidad de su técnico por momentos fueron vapuleados por Almirante Brown y sucumbieron frente a un Boca que le ganó sin transpirarse.

Y hay que decir que River también sigue en caída libre por su tribuna, devenida en una masa boba que se hizo hincha de sí misma y que cuanto peor juega el equipo que la ha convertido en el hazmerreír del fútbol argentino, más llena las canchas. ¿Terminará ese loco amor como el año último, cuando esa misma masa canalizó su frustración destrozando el club que dice querer y exponiéndolo a graves sanciones?

En su calidad de hincha de River de toda la vida, no del fenomenal actor que es, Luis Brandoni durante un reportaje que le hicieron recientemente invitó a la hinchada de River a dejar las tribunas vacías como reproche a los padecimientos a que dirigentes, técnicos y jugadores la vienen sometiendo. Parece más efectiva y civilizada esta variante que insultar a Passarella.

Hay elementos de sobra para pensar que todo puede empezar a resolverse en las próximas cinco o seis fechas. Si para entonces el equipo despegó y pudo imponer la supuesta jerarquía de algunos de sus jugadores, la cuestión puede simplificarse. Pero si llegado ese momento estuviera peleando el cuarto puesto, repleto de miedos y presiones, no habría que extrañarse de que alguno de sus defensores termine hecho un nudo que cueste desatar o golpeándose a sí mismo y que la irascibilidad de muchos termine generando expulsiones. Entonces, todo puede empezar a quedar en manos de Don Julio.



Caben pocos en el ranking del poder


Jueves 10 de noviembre de 2011 | Publicado en edición impresa

Por Antonio De Turris | Para LA NACION

El ejercicio no es nuevo: se trata de contestar una encuesta que pregunta quienes son, en orden, las diez personas o instituciones más influyentes de la Argentina. Diríase, los que tienen el poder en serio, los que pueden producir hechos que cambien el curso de los acontecimientos.

Abrir el link y colocar en el primer puesto el nombre de la Presidenta fue todo uno. Como lo había sido otras veces, aun en tiempos de presidentes débiles.

Rapidito, también, surgió el nombre para el segundo lugar. ¿Boudou? No. Es cierto que él es el número dos del país por su condición de vicepresidente electo y que hasta se ha ganado más de una sonrisa de una presidenta que no siempre regala semejante gesto a un extraño. Pero no. El segundo casillero es para la única persona que para usar su poder no necesita andar colgado de las negras polleras de la Presidenta: Máximo Kirchner.

Si la Presidenta decidiera no ir por la re-re, sea porque no quiera o porque no pueda reformar la Constitución, Máximo bien puede ser su primera opción. ¿Qué mejor para alguien tan desconfiada como ella? Con él, hasta se puede reflotar el viejo sueño del cuatro por cuatro. Nadie en su sano juicio puede asegurar que Máximo preferirá seguir haciendo política casi en las sombras, como hasta ahora.

¿Boudou el tres? Qué difícil? El no ha desmentido que Mercedes Marcó del Pont, la presidenta del Banco Central, haya convencido a la Presidenta de hacer un corralito en torno del dólar, con lo cual no pudo impedir que el Gobierno decidiera acordonar las casas de cambio con la AFIP y hasta con fuerzas de seguridad. Como si quienes blanquean millones de pesos mal habidos fueran allí a hacer la cola junto con el que quiere comprar mil dólares. Y si es cierto que además Cristina le pidió que parara con la guitarra? peor.

La encuesta, antes simpática y divertida, empieza a transformarse en un galimatías. ¿Moyano? Difícil, también. Ya no está junto a la Presidenta en los grandes actos, cualquier gordo le moja la oreja y tiene que pensar qué harán esos jueces que lo miran con cara de pocos amigos. Hace tiempo que abandonó las prácticas de sitiar con camiones la Plaza de Mayo, incluida la Casa Rosada, o dejar medio país sin combustible, lo que en rigor era su poder: no puede ser el tres del ranking.

¿Guillermo Moreno, Carlos Zannini? Y sí, uno públicamente, y el otro de modo más discreto, hacen gala de poder, pero hasta que Cristina quiera. Por las suyas, hoy podrían perder una elección hasta con Elisa Carrió.

¿Algún gobernador de los que triunfaron ampliamente? Podría ser. De hecho, hasta hubo quien sacó más votos que la Presidenta. Pero no. Hasta tanto, por conveniencia o por falta de convicción no declamen la aspiración presidencial que los debe animar, quedan como a la expectativa, limitados a sus feudos.

¿El Congreso? Decididamente, no. La ciudadanía lo licuó al llenarlo de oficialistas. El Congreso tiene, en todo caso, el enorme poder de acrecentar el enorme poder del Poder Ejecutivo. Pero no parece ser ésa la clase de poder e influencia que pide la consulta.

¿La Corte Suprema de Justicia? Por el simple hecho de ser cabeza de uno de los tres poderes tiene una indudable influencia, pero de sus fallos el Ejecutivo cumple los que quiere y cuando quiere. Preguntar, si no, a los jubilados.

Tal vez, algunos jueces sueltos, como Oyarbide, puedan ejercer más poder que la Corte. Podría estar Oyarbide en algún lugar del ranking, pero tercero parece mucho. ¿La Iglesia? No puede hacer más que lo que ha hecho todo el tiempo: hablar de situaciones que el crecimiento económico de los últimos años no ha podido remediar. Como que los pobres sean cada vez más pobres. El Gobierno la escucha y sigue en lo suyo.

¿La prensa no complaciente? Difícil. Las elecciones demostraron que no influye tanto como creían el Gobierno y muchos de los periodistas y medios no complacientes.

La tentación de ir desde abajo hacia arriba, del diez al tres, fue grande, y allí se forma una Babel en la que podrían figurar desde Marcelo Tinelli hasta Julio Grondona, dos que en lo suyo tienen poder de fuego, pasando por los antes mencionados y por otros jueces que tienen causas que al Gobierno le interesan. Pero todo es vidrioso desde el tres al diez o viceversa.

Sí, cuesta armar seriamente el ranking y por más que se le dé vueltas y vueltas al asunto, se llega siempre al mismo punto: es la monarquía, estúpido.

© La Nacion

La noche en que se rompieron los manuales


Jueves 18 de agosto de 2011 | 18:00
Por Antonio De Turris | Para LA NACION

Paradójico, sorprendente, patético. Cualquier calificativo cabe para definir lo que se observó el domingo por la noche, cuando algunos candidatos de la oposición aparecieron en público a una altura en la cual el resultado de las elecciones mostraba una tendencia clara, definida.
Viéndolos y escuchándolos a Alfonsín, Duhalde, De Narváez, Das Neves y Binner, por citar sólo a los principales, parecía que habían ganado o que terminaban de perder en un final de bandera verde
Ninguno de ellos llegó a infundir la alegría que transmitió la Presidenta, pero se los veía tan bien, tan desafiantes, que cualquiera hubiese podido dudar que, como mostraba la tira que incesantemente pasaba al pie de la pantalla, acababan de recibir una paliza que posiblemente marque un antes y un después en sus vidas políticas, y no precisamente para bien. Nunca se entendió de qué se reían, por qué se sonreían aparentemente felices unos a otros. ¿Es que acaso pensaban estar no 40 sino 50 puntos debajo de Cristina?
Aunque se cuidó de nombrar a Scioli, que hubiese hecho una cosecha quizás superior a la suya si no le hubiera mordido los talones con Ishii y con Sabbatella, la Presidenta se mostró como una ganadora correcta, si se quiere sobria teniendo en cuenta cómo quedó perfilada para las elecciones de octubre. También el gobernador bonaerense se mostró medido, fiel a su estilo.
Y sobrio, también, apareció el otro gran ganador de la jornada, Jorge Altamira, quien con una campaña barata pero inteligente logró salvarse del descenso y jugará en primera el 23 de octubre.
Con 2,60 por ciento, Altamira dejó fuera de carrera a la candidata de Pino Solanas y estuvo a menos de un punto porcentual de Elisa Carrió, quien al mejor estilo Casildo Herreras se borró y dejó a Adrián Pérez para que diera las explicaciones del caso y apareciera como la cara de la derrota. Fea actitud la de Carrió, quien recién ayer por la tarde apareció, asumió la máxima responsabilidad del desastre de su fuerza y salvó un poco su propia ropa.
Pérez, que por momentos parece un aventajado alumno de Scioli en eso de tener paciencia y calma venga lo que venga, hizo lo suyo con una gran dignidad: demudado -una imagen suya publicada en La Nación del lunes habla por sí sola - primero justificó a su jefa por el faltazo y luego admitió que la derrota había sido tremenda y que la fórmula de la Coalición Cívica que integra con Carrió sigue siendo importante para hacer oposición.
Dio pena verlo a Pérez, pero su papel fue dignísimo, todo lo contrario de lo que se observó en otros bunker opositores.
Los políticos levantándose mutuamente los brazos en señal de triunfo, la música y los bailecitos suelen tener algo de patético inclusive cuando, efectivamente, se está festejando una gran victoria. El macrismo ha dado muestras de ello. Pero esa escenografía directamente roza el ridículo cuando quienes la protagonizan han perdido por casi 40 puntos.
Raros, casi grotescos, también, sonaron los análisis de quienes acompañaron a Binner en el sentido de que éste fue uno de los ganadores de la jornada, simplemente porque arañaba el 10,6 por ciento con una fuerza relativamente nueva. Y que ese número lo deja, en todo caso, bien posicionado para el 2015. Para entonces, el ex gobernador de Santa Fe estará rondando los 73 años.
Aunque la Presidenta lo derrotó en su propia provincia, Binner evidentemente se quedó convencido, y así lo dijo, que lo suyo fue muy bueno y que tiene posibilidades de dar pelea en octubre. Para lograrlo, antes, tendrá que convencer a Alfonsín y Duhalde de que insten a votarlo a él. Y él tendrá que dejar de lado algunos tips: no hay más tiempo para evitar la crítica dura a Cristina ni para el discurso de que no vale ganar sólo para que pierda el otro.
Cualquier principiante en marketing político sabe que la primera aparición pública luego de un comicio es determinante para el futuro. Allí se ve quienes asimilan correctamente lo que las urnas han deparado, sea para bien o no. En resumen, quien se muestra en conocimiento cabal, conciente, de lo que le ha ocurrido. En la noche del domingo, los más votados de la oposición rompieron todos los manuales menos uno: el que usó Filmus la noche de su derrota en primera vuelta ante Macri, cuando le agregó plomo a la cola del barrilete que tenía que remontar. Lo que siguió es conocido.

Cuando la oposición se fagocita a sí misma


Viernes 26 de noviembre de 2010 | Publicado en edición impresa


¿Al final no era tan malo como parecía?
Del kirchnerismo, la oposición dijo de todo. Desde que era un antro de corrupción que superaba todo lo conocido en la Argentina en la materia, lo cual es mucho decir, hasta que escondía en su seno un afán de perpetuarse en el poder e implantar esa clase de dictaduras que hay por el mundo y que se disimulan bajo el acto del voto. Y ni hablar de quienes, frente al silencio cómplice de otros, afirmaron que tenía muchos rasgos propios del fascismo.
¿Qué ha pasado ahora para que ese monstruo de mil cabezas haya quedado reducido a una vivaracha mascota de jardín? ¿Por qué algo que para muchos miembros de la variopinta oposición representaba un peligro al que había que desalojar del poder ha pasado a un segundo plano? ¿Acaso advierten muchos opositores que con la muerte de Néstor Kirchner todos aquellos males se disiparon para siempre? ¿Por qué el fuego cruzado que dispara la oposición ya no tiene en la mira al gobierno que, según ella misma, llevaba al país al fondo del abismo más profundo de la historia?
Carlos Reutemann, que parece nunca podrá dejar de zigzaguear, fue el primero en apuntar para otro lado y utilizó la muerte de Kirchner para despegarse de sus compañeros de ruta del Peronismo Federal, que ya no se sabe qué es. Según un comunicado que se le atribuyó, no se había respetado el duelo de la Presidenta. Sonó a excusa.
Eran las horas en las cuales la viuda, con la partida de su compañero muy reciente aún, tomaba decisiones políticas de fondo: velatorio en la Casa de Gobierno –no en el Congreso– y una fortaleza tremenda para decir, en esos momentos, quién podía acercarse a cien metros, quién a cincuenta y quién podía pasar cerca del féretro. Aquella era la misma mujer que hoy se mantiene rodeada por los mismos personajes que, según muchos opositores, eran desde la fuerza de choque hasta los cajeros de su marido muerto, a quien, horas atrás nomás, comparó en San Pedro con los grandes próceres de la historia argentina y latinoamericana.
Sin embargo, cada uno tiene ahora su propio monstruo a quien combatir: Reutemann va contra su rival del pago chico, Hermes Binner, pelea difícil porque no se sabe si se podrán agarrar, tan resbaladizos son; Carrió, contra el radicalismo casi en pleno; el radicalismo en pleno, contra Carrió y, en la interna, todos contra todos y a morir; Stolbizer, contra Carrió; un puñado de diputados macristas, contra Macri; Solá, contra otros como él, dinosaurios que, como buenos peronistas, han estado al servicio de todo compañero que tuviera el poder. Y ni hablar de los restos a que quedó reducido el trío Macri-Solá-De Narváez. O del “dónde me pongo”, de Pino Solanas.
Recientemente, algunos parecieron más kirchneristas que los propios kirchneristas, y no se habla aquí de los conversos de siempre, sino de quienes, con la etiqueta de opositores colgada, rápidamente –más rápido que los propios oficialistas– clausuraron toda posibilidad de que se investigaran las denuncias sobre supuestas compras de voluntades en Diputados.
¿Qué ha pasado? ¿Acaso toda esta gente, durante años, sobresaltó a buena parte de la sociedad hablando de un monstruo que, en realidad, no existía? ¿Mintieron a sabiendas o cometieron un pecado de ingenuidad imperdonable en personas que aspiran a manejar un país?
Si el periodista y escritor español Juan Cruz Ruiz hubiese podido pasar un tiempito en la Argentina y se hubiese instalado en el Congreso y en los campamentos opositores, por estas horas podría estar produciendo una especie de saga de Egos revueltos, el muy entretenido e intimista libro de memorias en el que describe las increíbles vanidades, miserias, obsesiones, miedos y ambiciones de varios grandes de la literatura mundial. Con políticos, tal vez le hubiese resultado más divertido hacerlo. Total, él es español y no vive aquí. © La Nacion


Antonio E. De Turris

Para LA NACION